Historias borradas en ocho capítulos en relación a la serie fotográfica educación Historias borradas en ocho capítulos en relación a la serie fotográfica educación

Por  Bruno Bresani 2011

Historias borradas en ocho capítulos en relación a la serie fotográfica educación

Lorena Guillén Vaschetti nació en Rosario, Argentina en el año de 1974. Estudió arquitectura y antropología en la Universidad de Buenos Aires. Posteriormente tomó clases de fotografía en Buenos Aires y en New York, desde entonces ha tenido exhibiciones en Dinamarca, Alemania, Estados Unidos, Irlanda, Brasil y Argentina. Su trabajo ha sido publicado en  Nat Geo Traveler, Outside Magazine, Bergens Tidende, Tricolor, One Shot Each. Actualmente vive en Buenos Aires.

Nos comenta que la antropología la ha acercado a los temas que fotografía y la ha entrenado a leer mensajes y significados mientras que el mundo de la arquitectura, en cambio, le ha enseñado mucho sobre la composición, el uso de las luces y las sombras.

La autora nos explica que su intención no es hacer un recorte de la realidad en un momento determinado. “No fotografío lo que veo sino lo que esa escena, en ese momento de mi vida, me hace sentir. Es más, fotografío de la misma manera que recuerdo.”

Como fotógrafa dice que “la luz esculpe, pinta” y ella lo enmarca con una cierta intención “a veces más consciente, a veces más instintivamente.” Considera que una fotografía es un objeto “potencialmente mágico de un mundo infinito y siempre cambiante” ofreciéndonos la posibilidad de llegar “tanto a los más profundos pliegues de nuestra intimidad como a los más compartidos sentimientos humanos” y cuando esto ocurre, esta integración siente haber conseguido la imagen.

La imagen fotográfica parece ser el espejo con el que se condensa la realidad en símbolos, mientras ella  se vuelve hacia lo invisible encontrando los mensajes ocultos en ellos. Sus fotografías sustituyen la realidad con su propia encarnación más profunda: los sueños, anhelos, las expectativas, ya que se concretan en los instantes, explotaran la vida vivida.

“A veces lo que no ves es lo importante.”  Las imágenes nos encuentran, nos revelan nuestra propia identidad. Seguimos conservando los retratos de familia para intentar en vano comprender nuestra historia. Nos trae la magia de la antropología de la memoria inocua, pulcra conservando en su mundo de memorias borradas, sin visibilidades certeras. Lorena nos crea un entorno a estas interrogantes a esos olvidos y silencios, preguntas sin respuestas de un pasado que no quiere, pero lo imagina, lo crea en cada mancha del recuerdo, sin saber qué hacer con ello en su presente.

En la serie “educación”  recorre las pizarras en las que vivió su infancia, sus lugares de estudio y sueños, en los cuales aprendió a ver y olvidar, son ocho pizarras borradas, como la memoria, en ellas se oculta los recuerdos y deseos de los años acumulados.

La serie “educación”, me recuerdan dos libros y varias canciones pero en particular el libro de Albert Camus “El primer hombre” del cual extraigo fragmentos, ideas, situaciones y las mezclo, con partes de otros relatos, así como de mentiras e imaginarios personales, intentando con ello seguramente en vano lograr crear o reproducir las historias borradas en estos espacios de nuestras memorias, que me recuerdan muchas veces a olas en un mar de oscuras vivencias.

PRIMER CAPÍTULO

Un universo delicado

Quien sabe la vida es no soñar, estar sin pasado, ni casa familiar, ni desván atestado de cartas y de fotos, ciudadanos teóricos de una nación imprecisa, donde a veces entraba solo, antes o después de las clases, por encima de esta suerte, lo decía y lo creía. El olor de las olas inmovilizadas, de las arenas, esa historia que había avanzado constantemente en una de sus tierras más viejas, sin nombre, apenas el del agua, escasa en  gotas de lluvia, que empezaban a resonar pero sin pensar en la arena que era un poco negra y las primeras olas no siempre transparentes lo rociaban abundantemente y le daban ganas en el banco de su clase de acercarse todavía más a su amigo, como para bañarse, a veces en algunas casas viejas de vigas, pero con la temperatura necesaria para robar a una de sus tías, caminando descalzo y olvidado las primeras olas, que olían entre ellos, mientras los otros dormían, dejando en ella tan pocas huellas perturbadas e inquietas, como los perros de la playa, que no queda lejos y no quedaba nada más que el mar, que entra en una casa donde ha pasado una hembra perseguida desde antes de llegar al borde, armada de una moral de lo más elemental, que le proscribía por ejemplo el robo, que le recomendaba defender  o  verse inmóvil imaginando, que la mujer era en el agua del hombre devorado por un fuego de muy lejos, en el mundo brutal de gritos, transpiración y polvo, con un pequeño barco, que se evaporase junto con el recuerdo, avanzando imperceptiblemente les traía la revelación de desdén, en la pendiente que bajaba, desde un universo delicado con su indecible seducción, en el mar adentro, que sólo subsistía en un recuerdo impalpable del sol, secando las últimas groserías que lanzaban, que me corrían hacia la boca, dejando ver sus pizarras, llegaba a defenderlos desde su más tierna infancia, el caía casi a plomo, como el recuerdo de la abuela sobre la arena y el resplandor insoportable de su belleza, que le hacía reír de felicidad cuando ya no había nadie.

SEGUNDO CAPÍTULO

Los menos frecuentados

Limitada a crisis de violencia y asesinatos, suspendidas sobre el mar, con su tibieza, lo atraía constantemente, sin idea precisa, pero se oían ruidos de platos y de cubiertos ligado a vergüenzas menos legítimas, dirigiéndonos hacia el agua, caminando por la orilla, no para poseerlos cosa que no sabía hacer, acabé por callarme y fumé en silencio, con cuestiones vinculadas que se rompían en pedazos, simplemente para entrar detrás de una gran roca, conservando el recuerdo mirábamos sin bajar los ojos y todo se detenía apoyando mi hombro contra el hombro del compañero y casi desfalleciendo, cuando el doble silencio del agua de odio y  torrentes de sangre, rápidamente crecían, jadeaban con la respiración rápida y ahogada, de la mano de una mujer en un tranvía atestado, veía desde lejos como fuera de sí, terminando por salir  deslumbrante con el deseo de mezclarse con el cálido polvo. El niño se ponía de pie, cargó un soplo espeso y ardiente que sin saberlo esperaba de su pequeña ventana, mientras él la seguía llorando de todos modos, no se debe exagerar nada, que no obtenga o tal vez no se atreva a obtener lo más fácil, que para otros rápidamente se secaban los pensamientos encontrados en el perro y el cielo estaba arrebolado, descompuesto ante la idea, de que había arruinado uno de los pocos placeres de la desdichada, perdiendo un momento, respiraba su fuerte olor a pelos, que daba la espalda de los niños ignorantes e ignorados, unos minutos antes de las siete y cuarto o en los olores más fuertes o más animales, después de subir las escaleras a toda velocidad , rodeaban los dos silenciosos en medio de un mar de niños, en los que el calor terrible se conservaba, pese a todo, esperaban, cargados hasta reventar, separados en mis dos universos, eran los menos frecuentados, del que no podían prescindir vacíos de recuerdos, cosa prohibida y tolerada a la vez, en la primera escuela, pero no podían charlar, reducidos a usar lentamente los codos y el cuerpo para llegar pálidos, desde lo que podían ver oscuro en este sentido.

TERCER CAPïTULO

El viento del conocimiento

En la noche del mar y del cielo, únicamente algunas imágenes oscuras, esqueletos de edificios incendiados, te contaré lo que nos decía a veces el director de nuestra escuela,  el de los espacios mesurados, que pasaban entonces con gran ruido antes de terminar de separarse y subir las escaleras jamás iluminadas, el cual nunca sabría quién había sido su padre,  ni el hule y las sillas alrededor de la mesa, queriendo decirte cuánto le hacen sufrir, dejando en la sombra el resto de los incapaces de concebir la vida futura, hasta el punto de la vida presente, que le parecía inagotable, así que leía en un extremo una novela de aventuras, como un maestro un poco menos azul, de donde se conservaban los recuerdos y los nombres que perdían algo de su calor en los proyectos amenazadores, que se urden contra nuestra grieta invisible, por su sola presencia se volvían borrosos de padre, obligado a ir a misa y a comulgar, pensando que tenían mucho que hacer entre los baños y las lecturas de las revistas ilustradas, de las novelas populares, del almanaque y del inagotable catálogo, que no estaban seguro de que esos recuerdos no le rechazaban el trabajo de director de la escuela, aunque para él nada pudiera sustituir la mentira, dos veces por día, para tener el derecho del hecho de trabajar lejos  y volver a expulsarlo. Sí, había vivido así entre el viento de la calle y las lluvias intensas del breve invierno, con esa escuela que había empezado a frecuentar a los cuatro años, sin padre, sin tradición transmitida, eso es lo que quieren los espacios, donde el viento del conocimiento, que iba adquiriendo para fabricar algo que se parecía a una conducta  libre, de pensar como ellos, suficiente en ese momento, dadas las circunstancias que se le presentaban, insuficiente más tarde, frente al periodo del que no conservaba recuerdo alguno, para crearse su propia tradición.

¿Pero era aquello todo?

Abría también los cajones y ese movimiento ciego, que nunca había cesado, desplazando las fisuras y las torpes, salvo el de piedra oscura, el más violento y terrible de sus deseos, así como sus angustias desérticas, sus nostalgias más fecundas, sus bruscas exigencias de desnudez y sobriedad, su aspiración a no ser nada, cruzaban la calle corriendo, tratando de atraparse en ese movimiento oscuro.

CUARTO CAPÍTULO

Despojado de todo su coraje

Y, sin embargo, ahora sabía que ocupaba todo el fondo del patio, el peligro permanente del que nadie hablaba, porque parecía natural. Cubiertos ya de un buen sudor cercano y lejano, a lo largo del día y a veces nacía la camaradería. Pero al caer la noche se retiraban a sus casas desconocidas, donde no se entraba nunca y aparentaban una calma que no tenían, parapetados con sus mujeres, a las que jamás veían, pero siempre en la misma dirección, no sabrían de quiénes eran  un día esos hermosos ojos sensuales y dulces, por encima de la tela blanca, no lejos de la escuela, a cuatro o cinco calles de allí, aunque resignados hacían planear una amenaza invisible, que se husmeaba en el aire del fondo de una pelea, se acordaban de lo que le había dicho el director de su escuela, pero no era recibido de la misma manera, para levantarse bañados de sangre, se acercaban lentamente desde todas partes, con un movimiento continuo, cuando los encontraron unos años antes, en las calles sin violencia, donde se guardaban los dos o tres, frente a su adversario lejano, a una multitud de rostros sombríos y cerrados, que le hubieran despojado de todo su coraje entre las maestras enloquecidas. No amenazaba a nadie, salvo con su presencia,  en donde un poeta encontraría la mayor parte del tiempo, eran ellos los que lo sujetaban. Los que representaban nunca habían sido la tarde analfabeta, se reprodujeron y gritaron con conocimiento, la angustia que les oprimía estar lejos de las escuelas, cuando la noche cae rápidamente  atormentando a algunos para tragarse las lágrimas tres días antes que ya se habían hinchado en un trabajo extenuante, bajo un sol feroz, esperando el viento encajado hasta los ojos un viejo,  primero lentamente y después cada vez más rápido, pasando largos ratos para perderse en él. Al que acababa de abandonar, aceptando con una especie de extraña alegría, su impulso, se extenuaba en grandes y escasas gotas, al salir de la escuela que no llegarían por el este y nuevamente su sangre, ahora inundaría todo más tarde de olor poderoso llegando hasta los dos hombres apretados, que se consideraban suficientes en la casa, mientras un grito débil se repetía regularmente a sus espaldas, frotando las suelas en la tierra mojada, puesta en la lenta navegación de las nubes.

QUINTO CAPÍTULO

Corrían con sus consecuencias

Prevenido por alguien, llegó y le pidió explicaciones del periodo del que no conservaba recuerdo alguno, cuando cerró el libro en silencio, para levantarse bañado de sangre y abordar después, solo, sin memoria, a las maestras enloquecidas, confrontando sus recuerdos con los ojos de un viejo,  capaz de aprender todas las lenguas, adaptarse a todos los ambientes y desempeñar todos los papeles, de un abrigo que le trababa la marcha en pedazos de cordel, con una cajita de cartón llena de botones sueltos y una vieja foto de identidad. Alzando después los ojos de la clase sumida en el estupor y el silencio, en el que sólo los niños se hicieron verdaderos y el viejo les dijo: amigos después de aquel primer día que lo miraba fijo, en que los dos conscientes de sus pantalones comprendieron, lo que era una familia y su deber de hermano mayor, con la cara bañada en lágrimas de escuela, juzgando las fotos que habían conservado en las calles mojadas y sacudidas por  niños que regresaban y parecían no cesar nunca, como las amas de casa que van en busca del pan o la leche con su propio peso y sus batas de felpa estampadas de flores violentas, diciendo: lo que hemos hecho aquí es un crimen y vamos al mercado a guardar el peor de los recuerdos, capturado por gatos, o liberando perros, que hablaban, o escribían incesantemente, mientras los niños corrían con sus consecuencias al viento de invierno, respirando su rostro flaco, bien dibujado, de mirada soñadora, lleno de las cartas de la familia, haciéndolas  chasquearlas durante varios días de verano, que borraron para él esos relatos de escasos recuerdos en la poderosa escuela del azar, lo que no era lo peor para las cosas bien alimentadas por el olor  y las confesiones de la víspera de los lapiceros de una familia y el sabor delicioso que mordisqueaban interminablemente al culpable, con el olor amargo y áspero al devorarlo todo mezclado.

SEXTO CAPÍTULO

Recuerdos irreductibles

 Sobre todo cuando le tocaba el turno

 ¿No ha tenido malos pensamientos?

Si de llenar los tinteros de ninguna parte, con una enorme botella oscura, en cuyo tapón se hundía un tubo de vidrio,  y sin embargo  husmeaba con felicidad el orificio de los dos glotones cuando engullían, lo bueno al mismo tiempo que lo malo, sin preocuparse de retener nada, y en efecto, sin retener casi nada, salvo una extraña y poderosa emoción, que a través de las semanas, los meses y los años, engendraba y hacía crecer suavemente, el contacto que despedía también un buen olor de imprenta de cien años, antes en esos días de lluvia. Por ese olor que tenía la casa familiar, a la que regresaba de ese universo edénico, al final del otoño, derivando durante un mes por ríos y afluentes, cubiertos por las últimas hojas secas, donde los niños con zuecos de un universo de imágenes y de recuerdos irreductibles a la realidad, corrían por la nieve hacia la casa caldeada, en un país desconocido, que proporcionaba esas alegrías, y sin embargo no eran sólo esos los recuerdos seniles y desordenados que había ido a buscar el más miserable de los niños, que vivía sus sueños con la misma violencia que su vida, donde ocupaba una escuela provista de dormitorios, comía y dormía confortablemente, jugando y  paseando el día entero vigilado por amables enfermeras sin historia.

SÉPTIMO CAPÍTULO

La limitada crisis

Y con todo eso, al llegar la noche, cuando la sombra subía, era de la que hablaba o escribía incesantemente en el enorme silencio de esa historia, que había avanzado constantemente a unos cien kilómetros de cualquier lugar y se arrastraba bajo el cielo pesado, húmedo y tórrido,  invadiendo una desesperación sin límites, más vieja que el silencio de esas pinazas remolcadas cien años antes, desposeídas de todo, de su infancia de la escuela, que no sólo les ofrecía una evasión de la vida, dejando en ella tan pocas huellas, por lo menos hasta olvidar incluso el recuerdo, que alimentaba en ellos un hambre más esencial, al evaporase bajo el sol incesante, que para el hombre  lleno de viejos baúles, de recuerdos del hambre de descubrir  junto con el recuerdo de lo que habían hecho, la limitada crisis de violencia, y asesinatos que rápidamente se secaban, no lejos de la escuela, como si el mundo nunca hubiera conocido ni el viento, de las luchas, de los espacios, fuera de la escuela, por los canales del final de otoño.

La escuela primaria, es la mejor de todas, donde se conservaban las ideas oscuras y un poco aterradoras, cuando se movían lentamente, un poco extraviadas en los recuerdos de los vastos espacios, donde el viento de arena  hacia estudiar diez veces por los ríos y afluentes, puesto que, de tales estudios, resultaba una situación en la escuela comunal, sin un aumento de trabajo, sin la mirada fija por otra parte. Aunque en la escuela, la gran diferencia, eran las multiplicidades de las excepciones y eran siempre cubiertas, por las últimas hojas secas y las olas inmovilizadas, de las arenas sólidas, que habían recibido una superioridad, sin nombre, apenas cubiertas de polvo y de sudor, sus impulsos se extenuaban y algunas se fundían ya en grandes gotas, de la escuela religiosa, sólo para niñas, que empezaba a resonar en la capota.

¿Qué queda de esa vida oscura?

La arena era un poco negra, y las primeras olas no siempre transparentes, el bosque estaba lleno de gente, acogida en las ciudades, se comían unos pegados a los otros y decían lo que era cierto, no habían conocido ni la escuela, ni el ocio, ya que bailaban de un lugar a otro al son de un recuerdo impalpable.

OCTAVO CAPÍTULO

Libros devorados

El mar gruñía muy cerca y trabajaba sin descanso, ya que nunca hacía calor suficiente como para bañarse en un país desconocido, pero sí la temperatura necesaria para caminar descalzo, en las primeras olas de aquella noche, mientras los otros dormían en la ceniza leve de un ala de mariposa, y la luz volvía aún más vastos los espacios del cielo de aquellas raíces oscuras y enmarañadas, que lo ataban a las lágrimas, hablándole sobre el joven muerto, al mismo tiempo, que un gran grito en sus días ardientes y en sus noches rápidas, donde el sol de las cuatro no calentaba demasiado, pero quemada en el incendio del agua tibia, bajo las apariencias cotidianas, se creaban pequeñas olas alargadas y perezosas, con los recuerdos  desordenados, que al nadar había que beber, en una serie de deseos oscuros y de sensaciones poderosas, e indescriptibles, durante la cresta de las olas. Aun recuerdo la visita que hiciste,  para conservar en la boca toda la espuma, y el olor de las escuelas, de la lejía en las manos de su madre,  de las páginas del diccionario y de los libros devorados, ese  olor agrio de los retretes de su casa, o de las grandes aulas frías, al ponerse en seguida de espaldas.

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