La masculinidad a debate

Por Ariel Martínez

Carabí, Àngels y Josep M. Armengol (eds.), La masculinidad a debate, Barcelona, Icaria, 2008, 206 págs.

La polifonía que alimenta este libro ofrece un abordaje multidisciplinario de los debates contemporáneos librados en torno a los varones y a la masculinidad. En las entrevistas y los artículos que componen cada capítulo, los especialistas coinciden, desde una perspectiva de género, en la preocupación por indagar los orígenes de la masculinidad, concebida como un constructo que, lejos de ser inamovible, puede ser modificado. La intersección entre género, clase, raza, etnia y edad sostiene las articulaciones conceptuales que permiten ubicar la masculinidad por fuera de su paradigma de normalidad. Es así que cada segmento de la obra transita desde una concepción de la masculinidad -en singular- hacia un abordaje de las masculinidades -en plural- en un camino guiado por señas de nuevas identidades que permiten pensar formas alternativas de ser varón más justas y equitativas.


En el primer capítulo -“Los estudios de la masculinidad: una introducción”-, el sociólogo Michael Kimmel enlaza el análisis de la masculinidad con sus inicios para establecer la conexión existente entre diferentes disciplinas y el estudio de las masculinidades. En este sentido, introduce la categoría de diversidad al interior del campo de la masculinidad para articular raza, edad, etnicidad, sexualidad y clase social con la construcción de las masculinidades. Si bien existen modalidades de masculinidad hegemónica, el autor privilegia la existencia de hombres negros y hombres gays en tanto fuente de modelos alternativos. Más allá de la variabilidad cultural y temporal del concepto de masculinidad, Kimmel no duda en la posibilidad de establecer aspectos en común, como la heteronormatividad, que a su criterio construye tanto las masculinidades gays como heterosexuales.
El antropólogo David Gilmore, en el segundo capítulo -“Culturas de la masculinidad”-, sitúa los elementos en común que caracterizan las masculinidades en diferentes culturas, en las que masculinidad y feminidad se consideran diferentes y opuestas. Para Gilmore, la mayoría de las culturas son patriarcales, y en ellas el varón debe dominar políticamente a las mujeres para constituirse en hombre. La adquisición de la masculinidad a través de diferentes pruebas, a criterio del autor, es un factor común en todas las culturas. De este modo, los varones necesitan demostrar su masculinidad y para ello las mujeres son reducidas a objetos de competición masculina. En base a la articulación entre psicoanálisis y antropología, reconoce la falta de estudios para aplicar los principios freudianos a culturas no occidentales que poseen organizaciones sociales tribales. En cambio, no duda en afirmar que el alcance explicativo de los conceptos de género y masculinidad no se encuentran limitados por las fronteras occidentales.
Desde la óptica de los estudios fílmicos, Krin Gabbard expone el modo en que los “Hombres de película” -tercer capítulo- son representados en el cine norteamericano como un monolito incuestionable. Si bien Gabbard otorga al cine un lugar significativo en la conformación de nociones de virilidad, se muestra desesperanzado con respecto a la posibilidad de que desde allí se impulsen nuevos modelos de masculinidad que reafirmen la multiplicidad de formas en que se puede ser hombre.
En el cuarto capítulo -“Varones de novela”-, el crítico literario David Leverenz ubica la masculinidad como un tema literario fundamental en los inicios de la literatura estadounidense. La cita de obras literarias ejemplares permite a Leverenz, sin perder el contexto histórico, exponer el modo en que los personajes encarnan ideas emergentes de masculinidad. El autor enfatiza la carga ideológica de la masculinidad, así como su fluidez y flexibilidad.
En el quinto capítulo -“Perspectivas queer”-, la especialista Carolyn Dinshaw se muestra en contra de estudiar la sexualidad de manera abstracta, motivo por el cual prefiere hablar de estudios queer en lugar deteoría queer. Por otra parte, presenta el conocido debate entre esencialismo y construccionismo social para mostrar cómo ambas posturas se encuentran intrínsecamente interrelacionadas. Al reflexionar acerca de la conexión entre el estudio del género con la sexualidad, Dinshaw atribuye crucial importancia a la inclusión de los escenarios específicos en los que intervienen factores como la raza, la etnicidad, la clase y la edad, los que, a criterio de la autora, modulan el género y la sexualidad.
Desde los estudios de raza y etnicidad, David L. Eng muestra cómo la conjunción entre el feminismo y los estudios étnicos han permitido el desarrollo de un bagaje conceptual capaz de abordar la articulación entre “Raza y masculinidad” -sexto capítulo. Si bien Eng se detiene en el desafío que las nociones de raza y etnicidad imponen al sujeto universal -varón, blanco y heterosexual-, no por ello desconoce que dichas nociones, al mismo tiempo, sustentan las estructuras hegemónicas. Si bien el estereotipo tradicional continúa persistiendo, las imágenes culturales de otros países colaboran para deconstruir lo hegemónico y el universalismo.
Las “Masculinidades del Islam” -séptimo capítulo- también encuentran su voz en el presente volumen. Linda G. Jones, dedicada a los estudios árabes e islámicos, ofrece un estudio de las identidades masculinas musulmanas a partir de múltiples representaciones textuales. En primer lugar, Jones localiza los códigos árabes preislámicos de la masculinidad. Luego analiza el impacto del Islam sobre los conceptos de género y las representaciones de la masculinidad árabe preislámica para mostrar cómo el modelo islámico altera las principales virtudes varoniles definidas en esa época. Por último, expone las alteraciones y reconfiguraciones que surgen a partir del siglo XIX en las definiciones tradicionales de la masculinidad como producto del contacto con potencias coloniales occidentales.
La posibilidad de entrecruzar “Biología y Género(s)” -octavo capítulo- le ofrece a la bióloga evolucionista Patricia Adair Gowaty, “percepciones biológicas de la naturaleza plural y variada del ser humano”. La autora sostiene la inextricable interrelación entre cultura y biología en el desarrollo de la vida de los sujetos. Algunos ejemplos sobre los métodos utilizados por los psicólogos evolucionistas le permiten cercar la existencia de ideas esencialistas sobre la naturaleza del hombre y de la mujer al interior de teorías políticamente conservadoras. En este sentido, la incorporación de las ideas del feminismo permite, según Gowaty, el fracaso del esencialismo en las ciencias y en la política, al mismo tiempo que inauguran nuevas hipótesis a ser probadas en humanos, donde los entornos medioambientales de mujeres y varones estén igualados.
Tal como lo demuestra la psicóloga Lynne Segal en el último capítulo -“Los hombres tras el feminismo: ¿qué queda por decir?”- tanto en el discurso académico como en el discurso popular, respecto de los hombres y la masculinidad, circula el cuestionamiento del derecho “natural” de los hombres a ser el sexo dominante. Aun así, la autora no se deja seducir por la aparente “crisis de la masculinidad”, no hay dudas de quiénes son lo que continúan gestionando el destino de la humanidad. Por otra parte, Segal enfatiza el carácter paradójico y peligroso que encierra el apego de los hombres a la masculinidad normativa. La autora liga el rechazo de la feminidad a las imágenes de los hombres, creadas por ellos mismos, para reafirmar su fortaleza dominante. De todas formas, la autora concluye que todos los cuerpos humanos son vulnerables. Tal vez desde allí deban “abordarse las maneras en las que los hombres se sienten amenazados, simplemente, como hombres”.
Si la dominación masculina se ha nutrido a lo largo de los siglos de su propia invisibilidad para seguir existiendo, ubicar La masculinidad a debate implica repensar los códigos tradicionales. Los esfuerzos de Àngels Carabí y Josep M. Armengol por tejer un diálogo con las voces de los especialistas conforma una aproximación conceptual que oficia de guía para la búsqueda de una masculinidad no dominante, no sexista, no racista y no homófoba, objetivo que sobrevuela cada página de este libro.

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