Los fantasmas de la masculinidad* por Daniel del Castillo

Los orino a todos, me los como a todos; por algo
me dicen Boa, puedo matar a una mujer de un polvo
La ciudad y los perros
Mario Vargas Llosa

Julia, Julia, oceanchild, seashell eyes windly
Smile, touch me.
So I sing a song of love.
John Lennon

En todo salón de clases hay un “lorna” y un “maricón”. En ese microcosmos que es el aula escolar, junto con las jerarquías, con el tejido de héroes, de compañeros, de cómplices, existen también personajes en relación con los cuales los niños van aprendiendo desde muy temprano el ejercicio de la exclusión: esos otros niños que -mediante misteriosas e inapelables decisiones colectivas- van quedando “afuera” son los outsiders, los perdedores. Aparentemente tales alumnos poseen una existencia difusa. Exiliados en algún rincón de la clase o en la primera fila -que es lo mismo-, casi no se hacen notar. A no ser para ser víctimas de algún escarnio en el momento más inesperado(1).

Sin embargo, esa existencia difusa resulta a la larga solo aparente. Si se pregunta sobre el tema a cualquier adulto, este inmediatamente se acuerda del apellido del lorna y del afeminado de su clase. No solo eso, en seguida nos pasa a contar una anécdota de esos años, anécdota que casi siempre resalta por su sorprendente grado de crueldad física o emocional. Un balbuceo de culpa llega incluso a asomar en quien nos habla. Y si reflexionamos detenidamente en el asunto nos percatamos que más allá de su marginalidad -.o quizá propiamente por ella- tales alumnos fueron en realidad centrales para la conformación de ese espacio social y psicológico que es un aula de colegio.

En todo salón de clases hay un loma y un maricón. Sería más exacto decir que todo salón de clases fabrica su lorna y su maricón. La pregunta que intenta contestar este breve ensayo es por qué.

El horror a la ambigüedad

Para todo estudiante varón el escenario escolar se toma particularmente difícil entre los doce y los quince años. En esta etapa coinciden en la misma aula alumnos bastante pequeños y delgados con alumnos crecidos y ya “varoniles”; niños que aún huelen al regazo de la madre con chicos que se masturban y buscan ansiosamente experiencias eróticas. Como se sabe, el cuerpo y la imaginación tensionan al niño-adolescente hacia la exploración casi compulsiva; y en tales circunstancias el mundo de los compañeros deviene en un laberinto de emociones, sensaciones, deseos nuevos. Se comparten secretos recientes, se redefinen las intimidades, se generan extraños impulsos de lejanía. Lealtades, amistades y desconcertantes atracciones corren paralelas.

Todos los padres saben, podríamos decir casi instintivamente, que ese es para su hijo varoncito un “tiempo peligroso” . La cultura a través de ellos, de los padres, se pone en guardia y aumenta su presión sobre el infante que está dejando de serIo. De ese mundo pantanoso de muchachos que aún parecen muchachas, de ese laberinto sensual y emocional, deberá surgir un chico con una identidad de género bien constituida. Ese proceso -que siempre resulta conflictivo– puede ser vivido de una manera relativamente tranquila, o puede ser experimentado con buena dosis de brutalidad, dependiendo de cada caso.

La cuestión es que el niño-adolescente varón debe afirmar, con mayor o menor fuerza según los imperativos culturales, un conjunto preciso de emociones y significados, e ir desechando -a veces de manera violenta- otros. En ese sentido, el mundo de lo áspero gana definitivamente en el terreno haciendo retroceder el lenguaje del roce y la caricia. Los consejos y mandatos de los padres, las charlas de los profesores, las imágenes de los mass media por un lado. Las anécdotas subterráneas, los mitos, los “chistes rojos”, por el otro. Todo ello apunta en esa dirección.

Este proceso cultural es bastante conocido. Se inicia desde muy temprano en la infancia pero se intensifica y adquiere nuevos aspectos durante el empuje puberal, después de lo que los psicoanalistas llaman el “período de latencia”(2). En el caso de los hombres los mecanismos de negación, el “no ser” mujer, resultan fundamentales, en la medida que, como coinciden muchos psicólogos y psicoanalistas que tratan el tema, la masculinidad ha emergido de un magma femenino que deberá ir siendo neutralizado progresivamente.

El “yo” originario, como se sabe, se construye en un diálogo existencial con la madre, con lo femenino, y va surgiendo muy lentamente desde un mar de representaciones e imágenes inconscientes; imágenes que no hacen sino narrar la aventura de nuestra separación del mundo. Ese mundo del que nos separamos es en gran medida nuestra madre, y esas imágenes -nuestros primeros fantasmas- nos hablan sobre todo de ella (Freud 1988, especialmente nota 705, p. 1227). Imágenes, afectos, maneras de sentir femeninas que vertebran nuestro yo. Así pues el “yo” , todo “yo” , nace de una experiencia radical con lo femenino, “es”, también, femenino desde su inicio (Chodorow 1989). Cada cultura establece la manera de afrontar este hecho, algunas de una manera más flexible que otras. Lo cierto es que entre nosotros, y

. . . a causa de conflictos muy tempranamente desarrollados en relación a los aspectos más centrales de la identidad de género, y posteriores problemas en relación a una adecuada masculinidad, se vuelve algo muy importante para los hombres tener un claro sentido de las diferencias de género, de lo que es masculino y lo que es femenino, y mantener muy rígidos estos límites. Los niños y los hombres niegan las identificaciones femeninas dentro de ellos mismos y aquellos sentimientos que ellos experimentan como femeninos: sentimientos de dependencia, necesidad de relación, emociones en general (Chodorow 1989)
(subrayado nuestro).

En este caos de impulsos y emociones que experimenta el niño de 12 ó 13 años, en esa cascada hormonal y afectiva donde lo masculino y lo femenino son aún -a pesar de los años de socialización primaria- energías internas no suficientemente domadas ni entendidas, él se asirá de la tabla que aparece más clara, segura y poderosa ante sus .ojos: su propio pene. Y desde ese espacio físico e íntimo se relacionará sensual y emocionalmente con su exterior; y ordenará su propio y convulsionado mundo interior(3).

Es una etapa de claro fetichismo fálico. Al menos en nuestros colegios uno puede verificar que los muchachos empiezan a dibujar penes por todas partes: en las pizarras, en los baños, en los cuadernos. Obedeciendo a un impulso afirmativo, el mismo trazo, repetido y repetido, establece simbólicamente los contornos del yo que en esos momentos se desea asentar, frente a las amenazas de otras fuentes pulsionales y emotivas. Pero no solo serán los dibujos, sino la irrupción de un lenguaje “falo-agresivo” el que marca el período. El “te cacho” , “te tiro” , acompañados de los correspondientes gestos y teatralizaciones, son moneda corriente. Todos los muchachos se encuentran permanentemente “cachándose” simbólicamente unos a otros; lo cual, paradójicamente, genera un clima bastante andrógino, pero revestido lo suficiente de jerga violenta y de demostraciones de fuerza como para pasar por “varonil”.

Y no solo se encuentran “cachándose” permanentemente unos a otros, sino también a las madres de los otros. La madre es claramente aquí además del ser real que se encuentra en la casa esperándolos -ignorando lo mucho que es solicitada-, una figura simbólica que representa las energías y los espacios femeninos de todo varón. En el popular “concha tu madre” que a esa edad y en ese contexto uno puede recibir como un balazo en cualquier momento, se encuentra interactuando una riquísima gama de significantes que resuenan en lo más profundo de nuestro inconsciente.

En primer lugar, y quizás el más evidente, el de la irrupción y contaminación de la relación en otro tiempo edípica con nuestra madre: “ese otro niño me está insinuando, al mencionar la vagina de mi madre, que va a jugar sexualmente con ella, con mi madre, así como yo lo hice alguna vez, y como lo hace mi padre” . Pero, en segundo lugar, por un mecanismo simbólico de desplazamiento, el otro niño le está diciendo que al jugar sexualmente con su madre puede hacerlo también con él, y que él, de alguna manera, posee también vagina. Al “tirarse” a nuestra madre nos están “tirando” también a nosotros.

El “concha tu madre” -tan presto siempre a salir- o cualquiera de sus sinónimos, no es sino la forma más violenta y negativa que toma una “energía femenino-vaginal” presente en todos, energía que electriza el ambiente y atraviesa los espíritus. La mención permanente de la vagina es una forma de conjurar esa energía.

Conocemos ya los encadenamientos de sentido que se producen a partir de la mención vaginal. “Concha” es también “hueco”, concavidad, recepción, pasividad. Resuenan aquí además de la ambivalencia anal de la que nos habla Freud, todos los componentes espirituales que culturalmente se han ido relacionando con “lo cóncavo” : cueva materna, ternura, emotividad receptora. Mediante un complejo de ideas en cuya particular estructuración (como han demostrado creemos acertadamente las feministas) interviene mucho la cultura en la que se vive -es decir que no es “natural”-, conjurarla femineidad es para el muchacho conjurar fáIicamente la madre que llevamos dentro y que se exterioriza tanto en nuestras partes cóncavas (ano, boca, regazo) – que se convierten en nuestros puntos débiles- como en nuestras demostraciones excesivas de ternura y suavidad.

Todo el escenario escolar descrito, de fetichismo fálico, de teatralizaciones penetrativas, de presencia vaginal -y que como intentamos señalar obedecen a mecanismos de negación, de conjuro y de exorcismo frente a una ambigüedad pulsional y emotiva demasiado amenazante para el púber- tiene como necesario complemento lo que podríamos denominar la “corporización de los fantasmas”, y que tiene en el lenguaje psicológico y psicoanalítico el nombre de “proyección” .

Felizmente el término “proyección” nos resulta bastante familiar y accesible. Incluso forma parte ya del lenguaje cotidiano. El psicoanálisis lo define como “operación por medio de la cual el sujeto expulsa de sí y localiza en el otro (persona o cosa) cualidades, sentimientos, deseos, incluso ‘objetos’ , que no se reconoce o que se rechaza en sí mismo. Se trata de una defensa de origen muy arcaico” (Laplanche y Portalis 1993: 306) .

… en un sentido comparable al cinematográfico el sujeto envía fuera la imagen de lo que existe en él en forma inconsciente. . . el sujeto arroja fuera de sí aquello que rechaza, volviéndolo a encontrar inmediatamente en el mundo exterior (Laplanche y Portalis 1993: 311).

En el aula de clases los personajes del “lorna ” y el “maricón” son parte de los mecanismos de proyección activados por los niños-adolescen-tes. Todos proyectan sus propias ansias y su desconcierto en esos alumnos que por razones a veces arbitrarias -formas corporales, debilidad, “femineidad” , suavidad, etc.- son arrojados a los márgenes de la vida social escolar. La agresividad y crueldad inconsciente que se vuelca hacia ellos expresan una lucha interna considerable, relacionada con presiones culturales particularmente intensas en este período.

El “lorna ” se relaciona más con una matriz anímica mientras que el “maricón” con una matriz sexual. El significado lorna gira alrededor de atributos espirituales “maternos” : debilidad física, pasividad y falta de agresividad, sensibilidad; aunque también de atributos físicos -formas curvas, senos (como en el caso de ciertos gordos), suavidad y delicadeza de la piel-. En general, el lorna, por algunos de estos atributos, no participa o no se le deja participar en el conjunto de solidaridades y lealtades propias de los varones. No posee -en la imagen que se hacen de niños- el ” carácter” suficiente para hacerlo. Su presencia amenaza siempre con debilitar, malograr, feminizar el espacio de juego.

Es fácil ver cómo el lorna encarna el miedo -en cada uno- de no ser aceptado por el grupo o que sus propias emociones lo traicionen frente a los demás. El lorna es el lado que no se muestra; por ello todos estamos expuestos a ser lorneados alguna vez. Como que en realidad sucede: solo que la mayoría de muchachos desarrolla la capacidad de recuperarse inmediatamente después de ser agredidos; generalmente “mostrando el falo” (“…ya no jodas que te cacho maricón”), o mostrando ingenio para humillar o ridiculizar al rival eventual. Cosa que al “lorna ” le resulta más difícil hacer.

El significado “maricón” se relaciona con la sensualidad prohibida entre varones, con los juegos, roces y sensaciones que generan sospechas. Se relaciona además directamente con la “vaginización” del otro -otra vez tocamos el tema de la ambivalencia sádico-anal de la que nos habla Freud-, vaginización que expresa pulsiones rechazadas que deben ser exteriorizadas. Del maricón de la clase casi siempre se sospecha pero nunca se sabe; a veces se encuentra envuelto en cierto misterio y las historias que se cuentan de él son escuchadas con fuerte dosis de ansiedad.

El “afeminado” de la clase es el mejor candidato a ser estigmatizado como maricón, y esto a pesar de que puedan existir otros alumnos que demuestren más abiertamente comportamientos que podrían ser catalogados -dentro de los marcos del sentido común- como de tendencia “homosexual” . Esto es bastante sabido: el “paletero” o “moscatero” (como se le decía hace algunos años) , es decir, aquel que toca a sus compañeros y teatraliza con bastante convicción el acto sexual pero adoptando el papel del macho agresivo no recibe las sospechas de los que le rodean, sino más bien cierta risueña –y a veces nerviosa- aprobación. No es él el maricón, sino aquel que en la imaginación de los demás es susceptible de ser penetrado, vulnerado.

Los complejos significados que tanto la palabra lorna y maricón generan no son excluyentes entre sí, sino que, como se desprende de lo mencionado anteriormente, se interceptan y superponen. No es raro que en una clase recaiga en la misma persona los atributos del uno y del otro. Además, como hemos visto, el lorneo y el “mariconeo”, más allá de proyecciones y personificaciones, forman parte de las prácticas comunes de la vida escolar. Todos estos fenómenos dan cuenta de ese proceso difícil, complicado y caótico que es devenir hombre en una sociedad y una cultura como la nuestra .

Algo ya olvidado

Lo curioso del asunto es que estos procesos, una vez alcanzada la edad adulta, son “olvidados”, o incluso contemplados con cierta distante simpatía. Son el precio que tuvimos que pagar; forman parte de la normalidad de todo tránsito, lo que quedó atrás, y se recuerda solo en ciertas ocasiones. Pero cabría preguntarse si esta etapa de la vida puede diluirse sin dejar alguna huella en el futuro varón, y en la estructura de sus emociones y deseos. Tal pregunta nadie se la hace en términos individuales, porque de ese período y de sus escenas más desconcertantes no se habla. Sucede como si no encontráramos el lenguaje para dar cuenta de ello.

Como es bien sabido, la cultura occidental mediterránea donde estamos insertos no nos prepara demasiado para la ambigüedad, para lo múltiple, para el caótico fluir de fuerzas y energías en el mundo, y en nosotros mismos. Nuestro lenguaje, nuestras categorías, y nuestros mandatos culturales más poderosos generalmente solo alcanzan a hablarnos, en ese sentido, de demonios y perversiones(4). A diferencia del lenguaje mitológico y de las tradiciones politeístas que dan cuenta “de la multiplicidad de significados inherentes a nuestras vidas, de la ambigüedad y la diversidad de personas en cada evento y en cada momento, la teología y la ciencia apuntan hacia la univocidad de los significados”(5) .

El universo politeísta es visto como un lugar sexualmente poderoso; todo lo que surge a la existencia en el cosmos lo hace a través de un proceso sexual. . . el monoteísta es un universo no erotizado -dios no se manifiesta ni actúa en forma sexual- en el que el rol del sexo se reduce a la reproducción biológica entre los seres humanos, y hay una clara distinción entre los géneros(6).

Obviamente nuestras construcciones culturales son bastante complejas, y en determinados momentos han llegado a altos niveles de sofisticación y tolerancia. El viejo paganismo, las imágenes del politeísmo, nunca pudieron ser totalmente domeñadas y siempre se han filtrado por las ventanas más inesperadas. Hubo siglos donde predominó una mayor flexibilidad y espontaneidad en la visión de las cosas (Ugarteche 1992). Pero, además, al mundo piadoso y reformado de las estructuras de la iglesia siempre se contrapuso ese otro mundo popular y festivo que nos describe Rabelais, y que tan bien ha estudiado Peter Burke (1991) en su célebre La cultura popular en la Europa moderna.

Pero uno puede intuir que en nuestra tradición española y criolla no abunda ese componente de flexibilidad, que por ejemplo la tradición andina al parecer sí posee(7). Y que la rigidez moral -y su necesario correlato de desbordes culposos- es la que ha dominado en nuestra cultura. En todo caso, la educación de nuestros niños varones nos está señalando que hay niveles de tensión, de crueldad, de agresividad y dolor que podrían ser evitados si llegásemos colectivamente a comprensiones más amplias de las fuerzas de la vida; si inventásemos lenguajes más fluidos y reconciliados.

Cómo puede encontrar el niño adolescente un lenguaje para dar cuenta de esa etapa suya -la pubertad- donde la vida explosiona y desborda en sus diversas formas. Cómo pueden los padres mismos, insertos en la tradición, y a veces en la oscuridad y el miedo, proporcionarles ese lenguaje. Cómo podrá encontrar un lenguaje después, cuando a él mismo le toque educar a sus hijos. Lamentablemente, muchos padres asumen, como una forma de comunicación, la chabacanería cómplice y la patería vulgar con el hijo. Con ello no hacen sino esquivar sus propios y más profundos temores; arrinconar emociones y sentimientos incómodos.

Las escenas y las experiencias de la pubertad siguen ahí, esperando ser habladas

En occidente lo que no ha podido ser dicho a la luz del día ha sido elaborado por la literatura, y nuestro país no ha sido la excepción. En la poesía, en los cuentos, y en las novelas procesamos abiertamente nuestros fantasmas. y justamente las novelas y cuentos que más han calado en el imaginario peruano nos han hablado del espacio adolescente: han hablado de lo que no se habla, de eso que “no se dice a nadie”. y lo han hecho de una manera directa, explícita, brutal. Como si en el terreno de la ficción los peruanos necesitáramos arrojar violentamente lo que se encuentra en las profundidades del inconsciente.

Una rapidísima revisión de esa literatura nos muestra los conflictos y laberintos de los que hemos intentando dar cuenta aquí. Las figuras y símbolos que aparecen ahí son bastante claros. En Los cachorros de Vargas Llosa el tema manifiesto es la castración, la pérdida del falo, y toda la tragedia que le sobreviene. y el personaje de “pichula Cuéllar” forma parte ya de la memoria colectiva. Treinta años después, en No se lo digas a nadie de Jaime Bayly asistimos a la casi compulsiva búsqueda del “falo del otro” ; al escándalo de la homosexualidad y sus consecuencias en soledad y marginación. La escena de la iniciación sexual de Joaquín Camino con su compañerito de clase, el momento en que este -Joaquín- se asume “esclavo” del otro y accede a sus requerimientos, quedó resonando en nuestros oídos durante buen tiempo.

La figura del “esclavo”, con sus connotaciones sexuales, se hace manifiesta también en La ciudad y los perros de Vargas LJosa. El esclavo Ricardo Arana es aquí un personaje mucho más complejo, donde se sintetizan todos los atributos del “lorna” que hemos estado analizando. Incapaz de dominar su temor y nerviosismo, este muchacho se convierte en el objeto de escarnio de toda la clase; es expulsado de las solidaridades que se entretejen entre los cadetes. y en ese mismo proceso es feminizado; en el imaginario de los alumnos se hace susceptible de ser penetrado.

Curiosamente, el único momento en que el “esclavo” parece ser reivindicado es cuando -literalmente- muestra el falo. Sucede durante la célebre escena de la masturbación colectiva, cuando los muchachos concursan por quién eyacula primero y quién segundo. El premio es dinero y licor que Paulino “el injerto”, dueño de un “qiosquito” clandestino, ofrece. Como siempre “el Boa” -uno de los cadetes- es el que gana:

El injerto se levantó pesadamente, se limpió la boca, recogió del suelo la talega de monedas y la botella de pisco. Dio el dinero al Boa.
– Yo terminé segundo- dijo Cárdenas.
Paulino avanzó hacia él con la botella. Pero lo detuvo el cojo Villa, que estaba junto a Alberto.
– Mentira -dijo-. No fue él.
– ¿Quién entonces? -dijo Paulino.
– El Esclavo.
El Boa dejó de contar las monedas y sus ojos pequeñitos miraron al Esclavo. Este permanecía de espaldas, las manos a lo largo de su cuerpo.
– Quién lo hubiera dicho -dijo el Boa-. Tiene pinga de hombre.

Toda la novela La ciudad y los perros -una de las más importantes de nuestra literatura- describe de manera bella y brutal el camino espinoso de la masculinidad, sus abismos. Desde el romanticismo más delicado hasta los impulsos más agresivos. El amor casi infantil junto con las puIsiones que llevan a unos muchachos de 13 y 14 años. a fornicar con gallinas, perros, vicuñas y con niños menores. Pero también nos señala -con la figura del Esclavo- esas situaciones crueles y humillantes a las que se ven sometidos muchachos que por una razón u otra -desde cuestiones físicas hasta étnico-culturales- tienen poca capacidad de respuesta.

Viene a nuestra mente también “Paco Yunque” de César Vallejo, aunque las connotaciones son allí distintas: el asunto en dicho cuento es el servilismo en una sociedad estamental y las cadenas de poder que llegan incluso hasta los niños de primaria.

El tema da para una investigación amplia. Estos personajes, estas novelas, han convivido con nosotros, nos han acompañado silenciosamente y forman ese sustrato de imágenes con las que vamos construyendo nuestra identidad colectivas(8). Nos han dado el lenguaje para decir lo que se hace difícil ‘explicar en otros contextos; sacan a luz componentes de nosotros mismos que evidentemente condicionan nuestras relaciones y nuestros tejidos sociales adultos.

Para terminar

La situación de clara desventaja -y en muchos casos de abierta opresión- en la que se encuentra la mujer en nuestras sociedades, nos ha hecho asumir de manera no reflexionada que la condición de los hombres es mucho menos problemática. El dominador aparece con una sola cara, sin quiebres ni fisuras. Las ciencias sociales en nuestro país no han tocado el tema de “la construcción del hombre” porque al parecer consideran que “no es un problema social” ; mientras que los trabajos sobre la condición de la mujer tienen ya que una venerable tradición.

Esto, como se sabe, se debe a la autoimagen que los hombres deseamos proyectar; y que hemos proyectado con éxito. Si nos escondemos a nosotros mismos nuestras fisuras -porque así nos enseñaron-, por qué vamos a revelarlas a la sociedad de las mujeres.

Esta forma de razonar ya se encuentra en germen en el mundo escolar. No todo en ella es equivocado. Nos proporciona cierta templanza, incluso cierta aspereza necesaria para afrontar los enormes retos de la vida. Lo equivocado ocurre cuando razonamientos parecidos nos convierten en seres agresivos e intolerantes. En este ensayo hemos intentando sacar a la luz los componentes más conflictivos y oscuros de la vida escolar porque creemos, como ya dijimos, que aunque hay golpes y sufrimientos intrínsecos al crecimiento, hay una buena dosis de arbitrariedad, crueldad y ansiedad que podría ser erradicada de nuestros planteles. Y con ello daríamos un paso importante para la construcción de una sociedad mejor .

Bibliografía

Burke, Peter (1991). La cultura popular en la Europa moderna. Madrid: Alianza Editorial.

Callirgos, Juan Carlos ( 1995) . La discriminación en la socialización escolar. Lima: Facultad de Ciencias Sociales, Pontificia Universidad Católica.

Chodorow, Nancy (1989) Feminism and Psychoanalytical Theory. New Haven & London: Vale University Press.

Farqhuarson, Grant (1990). “EI problema de la homosexualidad: un estudio del concepto social como mecanismo de marginación” . Tesis de Licenciatura. Lima: PUC.

Freud, Sigmund ( 1988) . La metamorfosis de la pubertad. Obras completas. Vol. 6. Buenos Aires: Ediciones Orbis.

Laplanche, Jean y Jean-Bertrand Pontails (1993). Diccionario de psicoanálisis. Barcelona: Editorial Labor.

Ugarteche, Oscar (1992). “Historia, sexo y cultura en el Perú”, en revista Márgenes. N° 9. Lima: SUR.

________________________

* 2001. Los fantasmas de la masculinidad. En: López Santiago et al: Estudios Culturales. Red para el desarrollo de las ciencias sociales. Lima. 253-264p.

1) Sobre este tema ver Callirgos 1995.

2) “Período comprendido entre la declinación de la sexualidad infantil (quinto o sexto año) y el comienzo de la pubertad, y que representa una etapa de detención en la evolución de la sexualidad. Durante él se observa, desde este punto de vista, una disminución de las actividades sexuales, la desexualización de las relaciones de objeto y de los sentimientos (especialmente el predominio de la ternura sobre los deseos sexuales) y la aparición de sentimientos como el pudor y el asco y de aspiraciones morales y estéticas” (Laplanche y Pontails 1993). Ver, sobre el tema, Freud 1988: 1216 y ss.

3) El tema es tratado por los psicoanalistas bajo el título de “organización de la libido” (ver Laplanche y Pontalis 1993). Ver también, además del ensayo de Freud ya citado sobre la pubertad, el referido a la sexualidad infantil en “Tres ensayos para una teoría sexual” (Freud 1988: 1195 y ss). “El niño no sale de la anarquía de las pulsiones parciales hasta haber conseguido la primacía de la zona genital” . “La síntesis de los instintos parciales y su subordinación a la primacía de los genitales no se verifica en la niñez, o sólo se verifica muy imperfectamente” (p. 1210).

4) Sobre este tema ver el trabajo de Grant Farqhuarson { 1990: especialmente el capítulo IV) .

5) Hilman, J., Revisioning Psychology, citado por Farqhuarson (1990: 79).

6) Hoffman, Richard, “Vices, Gods and Virtures: Cosmology as a Mediating Factor in Attitudes towards Male Homosexuality”, citado por Farqhuarson (1990: 79).

7) Un ensayo sugerente es el ya citado de Oscar Ugarteche. Inspirado en los trabajos de Michel Foucault, Ugarteche intenta bosquejar una “historia de la sexualidad” en nuestro país, mirándola desde la problemática homosexual. Reflexiona, entre otras cosas, sobre las relaciones conflictivas entre las tradiciones culturales andina y criolla en el campo de lo sexual; historia de represiones y resistencias, de concepciones antagónicas que se resuelven en imposiciones hechas desde los dominadores occidentales, pero también en convivencias, disfraces -en el sentido festivo de la palabra- mantenidos a lo largo de siglos, identidades silenciadas pero vivas.

8) Puedo recordar que en mi barrio, donde los muchachos no eran muy afectos a la lectura, hubo, sin embargo, dos libros que ansiosamente circularon de mano en mano: uno de ellos fue La ciudad y los perros, y el otro, Memorias de una pulga.