“Sobre la censura” por Camille Paglia

[The Observer, Londres, 10 de abril de 1994]

OBSERVER. ¿Está usted en contra de la censura?

CAMILLE PAGLlA. Me opongo a la censura debido a mi teoría global de que lo que definimos, o lo que la tradición define, como moralmente reprensible y merecedor de supresión es, de hecho, el elemento pagano de la cultura occidental que no llegó a ser derrotado. Los elementos de sexo y violencia que más perturban a la gente, todas las fuerzas amorales y sucias de la naturaleza respecto a las que la tradición pagana era más sincera, son aquello contra lo que la tradición judeocristiana más ha luchado.

OBSERVER. ¿Hay alguna defensa para la censura?

CAMILLE PAGLlA. No debería haber ninguna clase de censura.

Por otra parte, creo que se puede plantear la cuestión de qué es lo más adecuado. Si estás enseñando a niños, creo que es razonable creer que los profesores no deberían imponerles sus sofisticadas visiones sexuales. Yo no lo llamaría censura si una escuela dijera: «Eso es inapropiado para los niños».

OBSERVER. ¿Cuál es su punto de vista respecto a la censura en la pornografía?

CAMILLE PAGLlA. Mi argumento en Sexual Personae es que no se puede trazar una línea divisoria entre las bellas artes y la pornografía. De hecho, el pomo impregna la tradición de las bellas artes. Incluso la Piedad de Miguel Ángel, el objeto supremo del Vaticano, es una obra pornográfica si se observa con atención.

OBSERVER. ¿Significa eso que la pornografía debería ser accesible con total libertad para los adultos?

CAMILLE PAGLlA. He dicho más de una vez que se pueden restringir razonablemente las exhibiciones públicas de pornografía. Los espacios públicos, los espacios libres, y semejantes, pertenecen a ambas tradiciones, la judeocristiana y la pagana, y, por lo tanto, una persona no debería encontrarse mujeres desnudas ofendiendo su mirada en un kiosco. Por otra parte, esas mismas revistas deberían estar disponibles en el kiosco.

Detesto la forma en que las feministas norteamericanas han presionado a las cadenas de supermercados de manera que ya no se puede comprar Playboy o Penthouse. Las principales revistas para hombres están prácticamente censuradas, debido a que no se encuentran fuera de los centros urbanos. Esto ha pasado sin que se produjera ninguna reacción.

OBSERVER. ¿Por qué?

CAMILLE PAGLlA. Se ha producido una alianza increíble entre las feministas, las escuelas católicas y la extrema derecha. Como consecuencia, algo muy malo ha ocurrido.

En los sesenta, parte de lo que mi generación hizo fue la revolución sexual. Las mujeres de mi época nos expresábamos de forma procaz. Intentábamos romper las viejas convenciones de clase media, y parte de ello eran las fabulosas revistas sexuales de la época, revistas que miraban hombres y mujeres. Eran artísticas, eran cachondas, y eran radicales en cuestiones políticas.

Además, había mujeres de clase media que iban a cines pomo con sus novios y esposos a ver Garganta profunda. Eso fue un avance. Ni siquiera habíamos oído hablar del sexo oral, y mucho menos habíamos visto una demostración.

Pero ahora, en el puritano revisionismo, es como si Garganta profunda fuera el símbolo definitivo de la mujer violada, la mujer obligada a practicar el sexo oral. Es repugnante. Ha habido un espantoso retroceso hacia el puritanismo desde los sesenta.

OBSERVER. ¿Es un fracaso de la imaginación?

CAMILLE PAGLlA. Mi explicación es que habitualmente los miembros más interesantes, innovadores y procaces de mi generación no entraron en las profesiones estándar. Se drogaron. Por así decirlo, se eliminaron solos.

OBSERVER. ¿Cuál es su posición respecto a la pornografía infantil?

CAMILLE PAGLlA. Mantengo que el David de Donatello, una de las obras más importantes y revolucionarias de toda la historia del arte, es, de hecho, una obra de pornografía infantil.

Luego está el tema de San Valentín, el Cupido del día de San Valentín con su afelpado cuerpo infantil. Es una erotización del cuerpo del niño que estamos acostumbrados a ver. Se remonta a la antigua Roma, donde se pueden encontrar bebés representados sensualmente.

Germaine Greer dice en su libro Sexo y destino que las culturas no occidentales están muy abiertas a la clase de contacto físico que permiten entre adultos y niños. Se obtienen placeres de los cuerpos infantiles que en nuestra cultura serían definidos como abuso o violación.

OBSERVER. ¿Así que es una cuestión cultural, y no legal?

CAMILLE PAGLlA. Creo que la abolición del trabajo infantil fue uno de los grandes movimientos reformistas de los últimos 200 años. Si se hace posar a niños en fotos y vídeos pornográficos, eso es una infracción, no de algo sexual, sino de lo que ahora consideramos civilizado, que los niños no deben ser obligados a trabajar.

OBSERVER. ¿Ésa no es una opinión peligrosa?

CAMILLE PAGLlA. En lo que respecta a cualquier representación imaginaria, visual, que esté dibujada o pintada, de niños en actos pornográficos, y esto es algo en lo que de nuevo se me considera muy radical, bordeando lo lunático, mi opinión es: ¿y qué? Cualquier cosa que pueda ser imaginada debería ser representada.

OBSERVER. ¿Está segura?

CAMILLE PAGLlA. Creo que es la única forma en que podemos evitar caer en el dogmatismo. Para la mayoría de la gente, esta clase de cosas es abominable. No pueden mirarlas sin sentirse perturbados. Así que creo que los intelectuales y los artistas tienen la obligación de forzarse a representarlas, a escribir sobre ellas.

Por eso soy una gran fan del Marqués de Sade. Intentó, en prisión, alcanzar los límites de la imaginación sexual, y describirlos sobre el papel.

OBSERVER. Usted misma ha sido sujeto de la censura debido a una película en la que se enfrentaba a partidarios antiporno en las calles de Nueva York. ¿Puede explicarlo?

CAMILLE PAGLlA. Durante años, estas mujeres han acosado a la gente en las aceras de Greenwich Village. Cogen fotos de mujeres atadas con cuerdas, sacadas de Hustler o de donde sea, y se las meten a la gente por los ojos gritando y aullando.

Mi hermana, que vive allí, dice que es espantoso, porque las mujeres imponen las imágenes a la gente de la calle cuando hay niños pequeños cerca.

Están locas, literalmente locas. Son fanáticas totales, y cualquiera que las haya visto en Nueva York comprende lo que yo intenté hacer. O sea, si te vas directa a ellas y les gritas, y les pones las cámaras delante, de pronto se convierten en cobardes.

Así que esta película, que ha sido vista en Sundance, el festival cinematográfico más prestigioso del país, ha sido censurada. Fue suprimida del Festival de Cine Lésbico y Gay de Nueva York. ¡Una película hecha en las calles de Nueva York!

OBSERVER. ¿Y la autocensura?

CAMILLE PAGLlA. Aquí tengo que echarle la bronca al respetable movimiento feminista de clase media. La última vez que estuve en Inglaterra eché de una entrevista a una de sus feministas destacadas. Son tan pomposas, tan respetables, tan autocensuradas. Por eso se quejan tanto: «¿Por qué las feministas estadounidenses se llevan toda la atención? ¿Por qué a nosotras no nos hacen caso?» ¿Por qué? Porque sois unas señoras aburridas de clase media.

OBSERVER. ¿Las feministas no censuran como todo el mundo?

CAMILLE PAGLlA. Hay una censura absolutamente totalitaria de cualquier clase de opinión divergente o disidente dentro del mundo de los estudios de la mujer. Me resultó imposible conseguir un empleo en ningún sitio durante los setenta. Cuando entré en escena, si decías lo más mínimo contra los estudios de la mujer, si te limitabas a abrir la boca, se te tachaba de cerda machista, de reaccionaria, de neoconservadora.

OBSERVER. ¿De verdad?

CAMILLE PAGLlA. Me encanta la situación de Inglaterra, con sus chicas de la Página Tres. La adoro. La idea de que puedas abrir un periódico familiar y ver esas tetas desnudas. Eso es absolutamente fabuloso, es algo inimaginable en Estados Unidos, sería absolutamente imposible.