“El tiempo atmosférico del ascensor” por Javier Sáez

Primer choque: el espacio.

Si hay algo que viole la burbuja personal de cada uno, y de paso todas las leyes de la proxémica, eso es el ascensor. Esta violación aumenta con el número de personas que han de compartir ese pequeño viaje, infernal aunque sea ascendente.

Si dos personas entran en un ascensor, lo normal es que, una vez dentro, se sitúen lo más lejos posible la una de la otra (de otro modo, se levantan sospechas mutuas de inmediato). Este es el primer choque a evitar, el espacial. Como en los naufragios, los supervivientes tienen que compartir un pequeño bote durante días. El ascensor es parecido, sólo que la travesía no dura más de un minuto.

Cuando coinciden cuatro personas la cosa es temible; por eso el cuarto que va a entrar siempre alega un cortés “No, suban, yo creo que no cabemos…” que no suele funcionar; en seguida los otros tres le animan a entrar con el mismo énfasis con que el torero anima al toro a entrar a embestir, y el pobre vecino tiene que acceder. Una vez dentro empieza un sutil movimiento de pies para no pisarse unos a otros, y ligeros giros a derecha e izquierda para no dar la espalda a nadie pero tampoco mirar de frente a nadie; esa apretada búsqueda de la diagonal provoca un ballet minimalista que se va suavizando con el progresivo desembarque de los pasajeros.

Una solución a estos problemas sería la de fabricar ascensores del tamaño de una habitación de 10 metros por 10, con sillas y mesas, y donde sólo pudiera entrar un máximo de cuatro personas. Este amplio espacio permitiría un respeto de la burbuja personal.

Segundo choque: la mirada.

El segundo naufragio es el problema de las miradas; al aire libre la mirada dispone de un campo enorme para perderse, pero entre las cuatro paredes del ascensor la mirada no sabe muy bien qué hacer. Dos personas pueden mirarse en un ascensor sin hablar un máximo de un segundo. Más tiempo es violento para el que recibe la mirada, a no ser que la sostenga durante diez segundos sonriendo y se abalance hacia el otro en un apasionado beso provocado por un flechazo feliz. Esto, de todas formas, no es muy frecuente.

Todo pasajero de ascensor se siente idiota mirando las paredes de éste, o el deslizamiento de los números de los pisos, o los botones, pero algo hay que hacer. Un salvavidas útil es sacar el manojo de las llaves y mirarlo concentrado como si se tratara de la Piedra de Roseta.

Curiosamente tampoco es de buena educación cerrar los ojos durante todo el trayecto. El pasajero de ascensor bien educado debe mantener su mirada entre estos dos límites de no mirar al otro y de no cerrar los ojos. (En cambio, en los trenes está permitido que un compañero de vagón cierre los ojos durante media hora y eche una cabezadita; en el ascensor, como se va de pie y el trayecto no suele durar varias horas, cerrar los ojos no se ve con buenos ojos, valga la redundancia). Tampoco vale mirar fijamente a una pared del ascensor y dar la espalda al acompañante. Esto se considera una gravísima falta de educación.

Cuando en el ascensor hay tres o cuatro personas el problema se agrava, porque nadie sabe ya dónde meter su mirada sin que choque con la de alguno de los otros, lo cual provoca giros constantes de los cuatro pares de ojos huyendo entre sí por los rincones libres.

Tercer choque: el silencio.

El ascensor es pequeño espacial y temporalmente. La brevedad del viaje hace que sea difícil escoger un tema de conversación lo suficientemente pobre como para que pueda ser abandonado tranquilamente a los tres pisos sin dejar al compañero de viaje cortado con la palabra en la boca. Hay un tema de conversación ideal para esta situación: el tiempo atmosférico. Difícilmente se encontrará otra cuestión que, siendo tan insignificante, despierte tanto interés. ¿Quién puede resistirse a contestar frases como “¡Vaya tiempecito que hace!”, o “¡Cómo llueve!, ¿verdad?” ? El tiempo atmosférico es el salvavidas favorito para estas situaciones, porque además resuelve alguno de los problemas comentados anteriormente, el de la mirada: uno puede mirar al compañero de viaje mientras le dice “¡Qué frío!”. Y puede mirarlo también cuando éste contesta “Pues sí, qué frío”, o cualquier otro razonamiento.

Los comentarios sobre el tiempo atmosférico pueden ser regulados fácilmente en función de las necesidades del viaje; si aún quedan muchos pisos, se puede añadir algún argumento controvertido para dar profundidad al debate, por ejemplo, “No crea, pues no hace tanto frío, el año pasado por estas fechas hacía más”, u otras tesis. Las leyes de la dialéctica mantendrán la discusión hasta la llegada al piso deseado.

En algunos casos, el tiempo atmosférico da lugar a situaciones donde los interlocutores muestran su dominio de la lógica proposicional: “No nieva de frío que hace”, “Como siga lloviendo así se va a inundar la calle”, “Si sigue este calor iré a la piscina; si no, no”. Estos silogismos pueden continuar con la puerta entreabierta una vez finalizado el viaje; en estos casos, el pasajero que ha llegado a su piso sale del ascensor y añade con vivo interés: “Pues en el mes de agosto no hay quien pare en Madrid”; el otro, sujetando la puerta abierta, los ojos semicerrados por el esfuerzo de la concentración, contesta: “Sí, y ya en julio hace mucho calor”, y así hasta que algún vecino sin sensibilidad da una voz desde otro piso reclamando el ascensor.

Otra ventaja del tiempo atmosférico es que siempre hay. Algunas frases recursivas del ascensor pueden ser inoportunas, como “Pues ya vamos a comer” (que se puede decir de dos a tres del mediodía, pero no a las siete de la mañana), o “Qué emocionante está la liga este año” (que se puede decir en el mes de mayo pero no en el de julio). En cambio, el tiempo atmosférico es una constante. Haga el tiempo que haga, siempre se puede comentar.

Todas estas cualidades del tiempo atmosférico hacen de él un bien inestimable que debe ser conservado a toda costa. El día en que deje de haber tiempo atmosférico los vecinos se acecharan mutuamente en la calle para no coincidir en el ascensor, para no tener que soportar ese terrible silencio de ocho pisos de altura sin nada que decirse.

Javier Sáez.

Fuente: http://www.hartza.com