No más una vegana – La historia de una vegana en recuperación

tal como fue publicado por Tasha en http://voraciouseats.com/

Muchos de ustedes saben que recientemente he estado luchando por primera vez en mi vida con problemas de salud. Cuando descubrí que mis problemas eran resultado directo de mi dieta vegana quedé devastada. Hace 2 meses, después de aprender duramente que no todo el mundo es capaz de mantener su salud como un vegano estricto, tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida, abandoné el veganismo y volví a comer una dieta omnívora. Mi salud regresó de inmediato. Esta experiencia ha sido aleccionadora, me abrió los ojos y fue profundamente transformadora. Para conocer toda la historia sólo sigue leyendo…

1° Parte – Shock de Salud

Cuando mi médico me dijo que tenía numerosas deficiencias de vitaminas y minerales, que estaba casi anémica, y mi vitamina B12 estaba tan baja que quería darme una inyección de inmediato, me negué a creerle. En realidad le pedí que me mostrara los resultados del examen de sangre porque pensé que tenía que haber algún tipo de error. Pero no había error, allí estaban, en blanco y negro, las deficiencias y anomalías.

Los resultados explicaban perfectamente por qué me había estado sintiendo débil y agotada durante más de 6 meses. Mientras que yo antes había vivido haciendo ejercicio y hasta una hora en la elíptica no era suficiente para mí, últimamente, más de 20 minutos a un ritmo pausado me hacían desear pasar el resto del día recuperándome en la cama. Cuando podía, dormía hasta el mediodía, me sentía mareada cuando me levantaba, no podía recordar palabras simples o los nombres de mis amigos, y estaba helada, aun en medio de un sofocante verano en Arabia. De los múltiples síntomas que he enumerado aquí y los que no voy a describir públicamente, el peor de todos fue mi depresión. Este enemigo terrible con el que toda la vida he estado luchando, se estaba metiendo de nuevo en mi vida, pintando los bordes de mi mundo de un repugnante negro y robándome la alegría que había luchado desesperadamente para recuperar.

La doctora, que era amable y muy comprensiva, estaba sorprendentemente bien informada acerca de las dietas veganas y tenía una larga carrera de especialización en nutrición. Después de descartar cualquier otra posible condición médica, con paciencia habló por encima de mis lágrimas y mis sollozos y me explicó que sí, que los seres humanos son los más saludables cuando comen una gran cantidad de alimentos vegetales variados, pero que sería un error hacer caso omiso de las pequeñas cantidades de productos animales que muchos de nosotros necesitamos tanto. “La mayoría de los cuerpos humanos funcionan de forma óptima consumiendo ocasionalmente producto de origen animal. Los huevos y pedacitos de carne de vez en cuando son piezas pequeñas pero muy importantes de una dieta saludable”, dijo con una expresión de tristeza en su rostro. Ella podía ver lo difícil que era para mí.

Me dijo que si bien hay gente que puede ser muy saludable con una dieta vegana, o predominantemente vegetariana, había muchas personas que simplemente no podían seguirla. Después de todo, cada ser humano es biológica y fisiológicamente diferente, explicó. Escuché pacientemente, refutando sus afirmaciones con el conocimiento que había adquirido en los últimos años. Después de todo, no era sólo una vegana común, yo era una vegana acérrima, por derecho propio y ¡oh! vegangelical para juzgar. Nunca dejaba pasar una oportunidad para predicar. Ella estaba preparada. Con la misma paciencia me explicó cómo muchos de los “hechos” que yo estaba citando simplemente eran incorrectos, o habían sido presentados de una manera que distorsionaba la verdad. Fue horrible y casi me desmayé en su oficina porque estaba muy exaltada.

Ella respetaba el hecho de que yo estaba comprometida a seguir siendo vegana y trabajó conmigo durante más de una hora para averiguar cómo podía maximizar los nutrientes en mi ya magníficamente saludable dieta vegana. Según ella, yo ya estaba haciendo todo bien. Junto con las sugerencias dietéticas menores, también recomendó una gran variedad de suplementos, además de los que yo ya tomaba todos los días, incluidos comprimidos de hierro.
Me quedé en silencio cuando ella me dio la inyección de vitamina B, traté de no llorar mientras esperaba en fila en la farmacia por mis comprimidos de hierro, y cuando llegué a casa escondí los papeles y la caja de pastillas en la parte posterior de mi mesita de noche. No se lo dije a nadie durante días, ni siquiera a Cody. Yo había fracasado y ese sería mi secreto.

Durante una semana, tomé las pastillas de hierro cumplidamente, de alguna manera ignorando el hecho de que no eran veganas. Había sentido una pequeña mejora inmediata de la inyección de vitamina B, y estaba esperando el mismo efecto de las píldoras de hierro. Por desgracia, fue evidente después de sólo unos días que me estaban haciendo mal. Yo no podía comer sin vomitar, me pasaba horas en el baño, alternativamente encorvada sobre, o sentada en la taza del baño. Estaba bajando de peso y me sentía peor que nunca.

Volví a ver a la doctora y, con la misma paciencia de siempre, dijo que, obviamente, las píldoras no me estaban haciendo bien. Soy sensible a casi todos los medicamentos, incluso el Advil me hace mal, así que no fue una sorpresa. Ella me preguntó si consideraría agregar algunos huevos a mi dieta diaria. Negué con la cabeza, unos cuantos huevos no podían ser tan importantes. Explicó que sí, que realmente lo eran. Pero igual dije que no. Por supuesto que no. Después de otra larga sesión de consejería, me  hizo otra receta para otro tipo de suplemento de hierro. Una vez más, traté de contener las lágrimas en la farmacia.

La nueva ronda de pastillas fue aún peor. Prefería sentirme débil, mareada y deprimida, que y no tan enferma. Después de 2 semanas tiré las pastillas a la basura y volví a ver al médico.

Me habló durante mucho tiempo, explicando de nuevo en gran detalle exactamente cómo y por qué una dieta vegana estaba dañando a mi cuerpo. La nutrición es una ciencia inexacta, sorprendentemente, nadie entiende completamente la danza complicada de vitaminas y minerales, y mucho menos la sinergia de los alimentos enteros y su papel en nuestra salud. Pero ella trató de darme una explicación lo más amplia posible para que la entendiera. Habló del hierro hemo, la falta de nutrientes específicos que conducen directamente a la depresión y la ansiedad, habló largo y tendido sobre la vitamina A, taurina, retinol, beta caroteno, la vitamina D, los ácidos grasos omega, así como de la B12 y los resultados desastrosos e irreversibles que se producen cuando el cuerpo finalmente agota sus reservas de ese último ingrediente crucial para la salud, y mucho más.

Explicó que los problemas de salud que plagan al mundo occidental no son causados por los productos de origen animal, ni mucho menos. Los seres humanos han consumido alimentos de origen animal (en cantidades mucho mayores de lo que lo hacen ahora) durante millones de años sin efectos dañinos, e históricamente nunca ha habido ni una sola cultura vegana. Tenemos que observar las recientes incorporaciones a nuestra dieta para descubrir las causas de nuestras súbitas plagas modernas: el azúcar refinado, aceites vegetales hidrogenados, grasas trans, las harinas refinadas, toxicidad química y la desnaturalización por el proceso industrial de todos los alimentos. Según ella, evitar los productos sanos y orgánicos de origen animal no sólo era innecesario para la buena salud, sino que, en la mayoría de los casos, es perjudicial para nuestro bienestar.

“Verás”, concluyó, “para muchas, si no la mayoría de las personas, una dieta totalmente vegetariana no es buena. Es obvio que no está funcionando para ti y que eso no es nada de qué avergonzarse. El cuerpo ha evolucionado para utilizar la carne de manera eficiente y saludable, no para usar tabletas o pastillas. Has estado tomando suplementos de vitamina B12 durante años, y has estado tratando de tomar suplementos de hierro durante semanas, y tu cuerpo no los ha utilizado en absoluto. Los suplementos son un sustituto muy pobre de los alimentos enteros. Tomar la medicación no es la mejor opción y no es necesario, es casi seguro que podrías recuperar tu salud con una dieta equilibrada. Te recomiendo que lo intentes.”

Negué con la cabeza en silencio.

“Lo siento, no puedo. No lo haré.” Le dije por enésima vez, secándome las lágrimas que corrían por mi cara. “Simplemente no va a suceder. No me importa lo enferma que esté. ¡Es malo comer animales!”

Ella se inclinó hacia adelante sobre su escritorio y me rogó una vez más que pensara más detenidamente en mi salud y bienestar. “Natasha, te estás haciendo daño. Estás muy, muy enferma. Se te está cayendo el pelo, volvió la depresión, y te estás enfermando. No puedes seguir así.”

La miré fijamente durante varios segundos, luego me levanté y salí de la habitación.

Regresé a tiempo para mi inyección de vitamina B (y visité a varios otros tipos de médicos, incluyendo un cardiólogo – más sobre esto más adelante), pero yo estaba sólo estaba haciendo las cosas por hacerlas, siempre trataba de no pensar en los graves problemas de salud que tenía, era demasiado doloroso.

Seguí comiendo saludablemente, como siempre he hecho. Una porción completa de verduras todos los días en mi batido de frutas, frijoles casi todos los días, toneladas de cítricos en mis almuerzos, queso de soya, patés de frutos secos remojados, cereales integrales, granos germinados y verduras asadas y, por supuesto, mis vitaminas diarias, toda la comida deliciosa y buena que me encantaba. Se suponía que esta dieta me mantendría sana, además de salvar al mundo, no que me haría mal. Todo lo que me habían informado los veganos era que esta era la forma óptima de comer para los seres humanos.

Quería desesperadamente que fuera correcto, para que mi ética superase a mi fisiología.

Por supuesto, nunca me pregunté por qué estaba siempre con hambre. Por qué dos hamburguesas de verduras, una ensalada gigante, y un plato de frutos secos, no podía mantenerme satisfecha por más de 2 horas. Fue agotador, doloroso físicamente, y tedioso tratar de mantenerme alimentada, pero pensé que valía la pena. Yo estaba sana. O por lo menos, eso es lo pensaba hasta que se demostró lo contrario. Todavía no estoy segura de por qué acepté durante tanto tiempo que la fatiga, el cansancio y la depresión creciente eran una parte normal de la vida que uno espera tener cuando crece. Después de todo, sólo tengo 28 años y nunca he sufrido en mi vida de mala salud. Pero el hecho es que yo quería que funcionara el veganismo. Quería desesperadamente que fuera correcto, para que mi ética superase a mi fisiología.

Delicadamente abordé el tema de mi mala salud con varios amigos veganos. Incluso hice comentarios en otros blogs y en Twitter comentando mis luchas. La respuesta fue poco menos que sorprendente. En el lapso de pocos días recibí una avalancha de correos electrónicos de compañeros  bloggers ‘veganos’, que me decían en confianza que en realidad eran veganos “entre bastidores”. Que comían huevos o pescado ocasionalmente, o un pedazo de carne, todo para mantenerse saludables, pero que estaban demasiado asustados para admitirlo en sus blogs. Incluso recibí correos electrónicos de dos miembros muy prominentes y respetados de la comunidad vegana árabe. Uno es un autor publicado y muy querido de un libro de cocina vegana, y el otro un conocido blogger de los derechos de los animales, sus mensajes de correo electrónico detallaban sus problemas de salud y eventual retorno (no publicado) a comer carne. Mucha gente me ha enviado enlaces a otros veganos que habían luchado con los problemas de salud relacionados con el veganismo y se vieron obligados a volver a comer animales y productos animales, o decidieron dejar de seguir una dieta vegana, como: Raw Model, Debbie Does Raw, Daniel Vitalis, Sweetly Raw, Chicken Tender, The Non-Practicing Vegan y PaleoSister, por nombrar sólo algunos. Era refrescante saber que no era la única que sufría por este problema, y cuanto más escuchaba, más parecía que ni siquiera estaba entre la minoría.

Lamentablemente, también hubo montones de personas que me contactaron para ofrecer consejos no solicitados y muchas veces insultantes y paternalistas. Se aseguraron de hacerme saber que yo estaba enferma porque estaba “siguiendo mal el veganismo”. “¿Has probado comer más verduras / frijoles / queso de soya y nueces?”, las preguntas eran incesantes. Yo estaba desconcertada por las sugerencias de comer bayas de Goji importadas, usar harina de maca en mis batidos, o comer más spirulina. Todas estas recomendaciones exóticas supuestamente eran necesarias para sanarme con una dieta que se anuncia como algo natural e ideal; no tenía ningún sentido.

Muchos otros veganos sólo volteaban sus ojos, abiertamente escépticos de que me sintiera mal. Comprender que la gente que antes había considerado amiga se negara ahora abiertamente a creer en la veracidad de mis problemas de salud fue impactante. ¿Acaso creían honestamente que yo abandonaría el veganismo de inmediato? ¿Acaso realmente creían que no había probado de todo lo que tenía a mi alcance para que funcionara? “Pasa un día en mi cuerpo que apenas puede caminar por el cansancio, sintiéndote mareado, con frío, y deprimido, ¡y luego júzgame!” Quería gritarles. Pero no lo hice. Sólo dejé de hablar de eso.

Como feminista, esta retórica de odiar al cuerpo me enfureció.

Después de eso, seguí adelante en silencio durante muchos meses. Me mentí a mí misma, a mis lectores, al mundo, diciendo que me sentía sana y bien, cuando en realidad me sentía peor que nunca. Durante ese tiempo fui de médico en médico y probé todas las sugerencias y recomendaciones, desesperadamente esperando una cura. Estaba decidida a hacer que el veganismo funcionara, y estaba convencido de que iba a encontrar la solución a la vuelta de la esquina. Intenté eludir el tema de mis problemas de salud con los demás veganos, ya que insistían en que cualquier persona que no pudiera estar sana siguiendo una dieta vegana, obviamente, “no la estaba haciendo bien”. Quería gritar, pero en lugar de eso mantuve la boca cerrada, y escuché sus opiniones arrogantes e ignorantes acerca de por qué tantas personas ‘fracasaban’ en el veganismo. Algunas personas incluso sugirieron que aquellos de nosotros que no podíamos permanecer saludables como veganos debíamos sacrificar nuestra salud por la causa. Como feminista, esta retórica de odiar al cuerpo me enfureció. La participación voluntaria en la negación y la degradación de mis necesidades corporales rebosaba de misoginia, control patriarcal y violencia contra el cuerpo de la mujer, y todo lo que combato. Pero aún así, mantuve la boca cerrada. Ya no sabía qué más hacer.

Durante 3 años había construido mi vida entera en la premisa del veganismo. Era la pasión de mi vida, mi luz de guía. Ser vegana lo era todo para mí. Yo creía que mis acciones me hacían una cruzada de los derechos de los animales, estaba salvando vidas, y cambiando el mundo. Ahora, sé lo contrario, pero me tomó mucho tiempo darme cuenta de eso. Durante meses me consumí con mi enfermedad auto-inducida, pero aún no podía abandonar el veganismo, no podía dejar de luchar por lo que yo creía. Aunque me estuviera haciendo daño.

2° Parte – Sanando

Mi primer bocado de carne después de 3,5 años de veganismo fue a la vez lo más fácil y lo más difícil que he hecho. Las lágrimas corrían por mi cara mientras la saliva se acumulaba  en mi boca. El mundo retrocedió hasta convertirse en una nada en blanco y comí, comí y comí. Lloré de dolor e ira, mientras gemía de placer y alegría. Cuando tomé el último bocado esperé sentirme enferma. Había devorado un pedazo de animal muerto, la cosa más malvada que podía concebir, seguramente mi cuerpo rechazaría esta degradación y me sentiría reivindicada sabiendo que realmente estaba destinada a ser vegana.

Me sentí profundamente feliz de escuchar finalmente la sabiduría de mi cuerpo.

En cambio, mi cara estaba tibia, mi mente en paz, y mi estómago lleno, pero…. Busqué una palabra para describir cómo me sentía…. Cómoda. Me di cuenta de que por primera vez en meses me sentí saciada sin tener dolor de estómago. Yo había comido sólo una pequeña porción de carne de vaca, y sin embargo me sentía totalmente satisfecha, pero ligera y revitalizada al mismo tiempo. Me deleité con esa combinación de nuevas e inesperadas sensaciones. Qué increíble que no fuera necesario comer durante una hora entera hasta que mi estómago distendiera por encima de mis pantalones sólo para sentir una o dos horas de saciedad. ¡Qué hermoso se sentía ser capaz de comer exactamente lo que mi cuerpo había estado pidiendo durante tanto tiempo! Me sentí profundamente feliz de escuchar finalmente la sabiduría de mi cuerpo. ¡Qué revelación!

Entonces me di cuenta de algo más extraño: mi corazón latía lentamente, de manera constante. Normalmente, después de una comida típica de verduras, arroz y frijoles, u otro alimento con almidón, mi corazón iba a la carrera y brincaba después durante una hora o más. Varias visitas a un cardiólogo, más análisis de sangre, un electrocardiograma y un eco-cardiograma habían confirmado que mi corazón estaba en perfecto estado. El cardiólogo me explicó que las palpitaciones desconcertantes después de las comidas eran un síntoma de mis deficiencias, así como un signo de inestabilidad del azúcar en la sangre causada por las masivas porciones de carbohidratos que estaba consumiendo. Ahora, después de comer una sola pieza de carne, mi corazón latía constante, fuerte y lentamente. Me hizo llorar de nuevo, esta vez de alegría.

Todos los días durante los 2 últimos meses he comido pescado o un trozo de carne o huevos. Para mi interminable sorpresa, he encontrado que digiero una comida de carne y verduras mucho, mucho mejor de lo que alguna vez digerí una comida vegana de granos enteros / nueces / verduras. Sé que la hipótesis de los lípidos es completamente falaz, estos alimentos de origen animal no me harán daño ni me provocarán problemas de salud de ninguna manera, de hecho, las vitaminas y minerales que proporcionan, junto con el colesterol nutritivo y la grasa saturada saludable, restaurarán mi salud. Y lo han hecho. Hay pocas cosas tan sanas y nutritivas como los productos de origen animal orgánicos, de pastoreo. Entonces, durante estos últimos meses, comí animales y productos de origen animal todos los días. Y, lo digo con una gran sonrisa agradecida en mi cara: ¡estoy de vuelta! Después de un mes con mi nueva dieta mis niveles de sangre eran normales, o casi normales. Después de 2 meses, cada una de las deficiencias y cifras fuera de control regresaron totalmente a un rango normal y saludable. No tuve ningún problema, ni uno.

Siempre se dice que uno no sabe realmente qué es la salud hasta que la pierda. Y nunca me di cuenta de lo poco saludable que en realidad estaba hasta que empecé a sentirme mejor. “Resplandeciente” es la única palabra que puedo usar para empezar a describir lo que siento ahora. Si yo fuese una mujer religiosa, milagrosa tendría que ser mi palabra elegida para expresar la transformación que he experimentado en los últimos 2 meses. Ahora estoy gozando de mi salud, disfrutando de la precisión lúcida de mis pensamientos, la fuerza de mis piernas cuando corro, el calor que irradia mi piel, la energía lenta y melódica de mi corazón, y el perfecto conocimiento de mi cuerpo cuando me dice exactamente qué comer, cuánto y cuándo.

Comer carne todos los días resultó ser muy fácil porque era exactamente lo que había necesitado todo este tiempo.

Mi dieta es ahora, obviamente, muy, muy diferente a lo que era antes. Al principio, cuando el médico me sugirió que comiera pequeñas porciones de carne o huevos todos los días para recuperar mi salud me entró el pánico. Qué asco, pensé. Seguramente tendría que forzarla para meterla en la boca y sería una batalla sólo para tragar sin vomitar inmediatamente. El médico se limitó a sonreír y me dijo que escuchara lo que quería. No lo que pensaba que debía comer, pero lo que realmente, realmente quería. Esto inmediatamente tocó una fibra sensible. Así, con el permiso de mi doctor, escuchaba a mi cuerpo por primera vez en años. Y, tal vez no tan sorprendentemente, me encontré volviendo a la forma en que había comido toda mi vida antes de ser vegana, en aquellos años en los que me sentía saludable e invencible y nunca tuve que lidiar con los picos de azúcar, cambios de humor, y hambre voraz acompañado de vientre repleto e hinchado. Comer carne todos los días resultó ser muy fácil porque era exactamente lo que había necesitado todo este tiempo.

Los cambios que experimenté fueron múltiples y se produjeron tan rápida y decididamente que casi no lo podía creer. A la semana pude levantarme sin ver manchas negras en mis ojos, y estaba durmiendo tranquilamente durante toda la noche. Para mi alivio, mi dolor de estómago constante y la hinchazón desaparecieron por completo. A las dos semanas me di cuenta de que mis alergias estaban disminuyendo, incluso en un momento en que todos los árboles y las flores en nuestra comunidad estaban empezando a florecer. También, a las dos semanas ya no necesitaba un suéter sólo para sentarme en el sofá, mis dedos de los pies y las habían dejado de sentirse como carámbanos de hielo. A las 3 semanas podía completar una sesión de cardio ligera de 20 minutos sin sentir mareos o náuseas, algo que no había podido hacer durante meses. A las 3 semanas también noté el cambio más sorprendente de todo: mi depresión estaba disminuyendo.

Podían pasar días sin que sucumbiera a las de llanto o apatía. A las 4 semanas me di cuenta de tres cosas muy extrañas: mi misterioso dolor de espalda baja que me había estado molestando durante casi un año se había desvanecido, a pesar de que no había cambiado de zapatos o ni había hecho ninguna terapia física, la piel de mi cara se veía rellenita y las líneas finas que había pensado que eran sólo un signo de que casi tenía 30 años, se habían desvanecido tanto que eran apenas perceptibles, a pesar de que no había cambiado nada de mi rutina de cuidado de la piel y, por último, me di cuenta de mi pelo estaba más grueso, más brillante, y mucho más abundante de lo que había estado en años, a pesar de que no había cambiado nada de mi rutina de cuidado del cabello.

Y ahora, después de 2 meses completos de llevar una dieta no-vegana, puedo decir honestamente que me siento renacida.

A las 5 semanas noté una energía constante y permanente que me duraba todo el día. Empecé a ser capaz de hacer mandados, hacer ejercicio, y escribir, todo en el mismo día sin necesidad de paradas frecuentes para descansar. Me quedé esperando que el agotamiento se acercara sigilosamente a mí… pero ni una sola vez alzó su fea cabeza. Después de 6 semanas yo estaba gozando de mi fuerza y resistencia, y literalmente caminaba alrededor del gimnasio con mi boca abierta de asombro por mi resistencia y mi recién descubierta energía. Estaba imparable. También, a las 6 semanas supe a ciencia cierta, como sólo una persona con las cicatrices de su batalla contra la depresión puede saber, que mis sentimientos de tristeza se habían ido para siempre. La alegría y el sentido más indescriptible de alivio y tranquilidad ahora eran algo normal al despertarme por la mañana. Y ahora, después de 2 meses completos de no-veganismo, honestamente puedo decir que me siento renacida. “Curada” ni siquiera sirve para empezar a describirlo, porque he superado incluso mis expectativas más ambiciosas. Estoy más en forma y saludable y más feliz de lo que puedo recordar que haya estado jamás. Mis días están llenos de horas de ejercicio, paseos a caballo, senderismo con mis perros, riendo con mis amigos, trabajando, escribiendo, y sólo viviendo. Me siento más saludable y más fuerte (tanto más fuerte que ni siquiera puedo describirlo) de lo que me he sentido en años, y esto no es algo que voy a dejar de nuevo. ¡Estoy de vuelta!

3° Parte – Repensando mis creencias

Tres años y medio de veganismo no sólo me dejaron agotada, deprimida y muy enferma, sino que también me llenaron la cabeza de dudas y preguntas sobre la ética del veganismo. Si realmente necesito comer animales para estar sano, ¿cómo puede ser tan malo? Ha sido un viaje complicado y revelador, y ahora me encuentro en un lugar muy diferente del que estaba hace 3 años, hace un año, o incluso hace varios meses. Tal vez si mi salud no hubiese mejorado de manera tan dramática con la reintroducción de carne animal no estaría tan segura, pero mejoró notablemente, y ahora que tengo nuevamente mi vida y mi felicidad, nunca voy a volver a renunciar a ella. En última instancia, ya no puedo pensar que es malo comer animales.

Hace varios años creía que el veganismo encajaba a la perfección con mi determinación de reformar drásticamente el mundo. Como una feminista revolucionaria y antiimperialista, el veganismo parecía ser otra manera de luchar contra las injusticias a las que nos enfrentamos. Pero a medida que pasaron los años y mi cuerpo empezó a devorarse a sí mismo para el sustento que mi dieta vegana no podía proporcionar, comencé a perder la voluntad y la energía para hacer el trabajo vital que había amado. Ya no tenía la claridad mental para escribir mis famosas denuncias mordaces, ni la energía física para enseñar, organizar y fomentar la solidaridad. Yo estaba en las últimas, llegando a un alto total. Me di cuenta de que el veganismo, mi elección de comprar alimentos “libres de crueldad”, se estaba convirtiendo rápidamente en mi único camino para el activismo. Era para lo único que realmente tenía energía. Como fiel radical que he sido siempre, opuesta al énfasis del capitalismo en la solución personal, me niego a creer el mito que podemos comprar nuestra salida de la catástrofe. Y sin embargo… con mis agotadas reservas de energía y mis problemas devastadores de salud, me di cuenta que era exactamente lo que estaba haciendo. Cuando me encontré esta cita de Megan Mackin sobre el veganismo parecía que la hubiera escrito para mí:“Comienza, eventualmente, a parecer una forma muy efectiva de cooptar un movimiento: toma a la mente más apasionada y activista, especialmente de las niñas, y pon su atención en una forma de vida que drena las energías y hace surgir la conformidad en otros. Los Muchachos todavía manejan las cosas, pero ahora incluso más libremente – sin mucha interferencia”.

Finalmente, me vi obligada a aplicar la misma ética que había utilizado para analizar los alimentos de origen animal, para el análisis de los alimentos de origen vegetal, y traté de calcular el impacto macro de mis opciones de comida. Pronto me di cuenta que tenía que hacer un cambio en serio. Como escribí antes, los alimentos que comía como vegana no salvaban más vidas animales y no eran éticamente mejores que los alimentos que ahora estoy comiendo como omnívora, con dos diferencias principales. En primer lugar, ahora ya no me engaño a mí misma acerca de que la vida requiere la muerte. En segundo lugar, ahora estoy sana. Igual que siempre, todavía me preocupo intensamente por el medio ambiente, el bienestar de los animales, y la política de los alimentos, pero mis ideas de cómo hacer el mayor bien y provocar la mayoría de los cambios se han transformado drásticamente. Volví a analizar la línea partidista del veganismo, que es la base moral, y admití que nunca me había sentido cómoda con la declaración arbitraria de trazar una línea en la arena ética. De hecho, durante mi tiempo como vegana estricta, nunca dejaré de buscar una mejor solución y una manera más ética de vivir. Definitivamente creo que estoy en el camino correcto. Mis nuevos pensamientos no tienen las consignas pegadizas del veganismo como “La carne es asesinato”, pero he aquí una rápida síntesis:

En una de esas extrañas circunstancias afortunadas que la vida siempre nos lanza, mis problemas de salud provocados por el veganismo coincidieron con un período de intenso activismo sobre justicia alimentaria en mi propia vida. Durante este tiempo, en mi trabajo como defensora del derecho a la alimentación, tuve muchas discusiones, muchas de ellas con agrónomos, agricultores, agro ecólogos y defensores mundiales, y me di cuenta cuán equivocada estaba en mi convicción anterior que el veganismo salvaría al mundo. Mientras el veganismo presenta una solución muy simple y fácil de entender a los problemas del mundo, y se ha convertido en la estrategia a seguir políticamente correcta, es a lo sumo un “parche ” para la crisis ecológica y el hambre mundial que estamos enfrentando. La necesidad de que el mundo entero sea vegano para detener el calentamiento global o prevenir el hambre crónica es simple e irrefutablemente falsa.

Según aprendí mientras estaba sentada a los metafóricos pies de los principales ecologistas revolucionarios del mundo y defensores de los derechos de alimentación, el único modo en que la humanidad pueda sobrevivir de cualquier manera significativa sostenible es que vivamos enteramente dentro de nuestros sistemas alimentarios locales, comiendo las plantas y animales que viven de forma natural en nuestra tierra inmediata. Y esto definitivamente no incluye a los millones de hectáreas de cereales, cuyo cultivo es factible en partes muy pequeñas del mundo. Para producir los alimentos veganos que solía considerar tan libres de crueldad; la agricultura moderna industrializada obliga a la tierra a tener cultivos extraños y poco naturales, le roba al planeta sus recursos, destruye eco-sistemas completos, acaba con especies enteras de plantas y animales, y crea un caos de muerte y destrucción a medida que se necesita más y más tierra salvaje para reemplazar a las tierras de cultivo devastadas.

Esta devastación planetaria (y las resultantes consecuencias socio-culturales) ha estado ocurriendo durante mucho más tiempo que el advenimiento de las granjas industriales, que se introdujeron en las últimas décadas. Por supuesto, como cualquier ser humano decente, aborrezco lo mala que es la agricultura industrial, y me opongo a la esclavitud, la tortura y el abuso. También reconozco que la producción masiva de granos es lo que llevó a la creación de las granjas industriales, en primer lugar; simplemente no habrían sido posibles de otro modo. Nosotros no cultivamos tantos granos porque queremos tener granjas industriales, tenemos las granjas industriales porque estamos produciendo tal avalancha de granos. El veganismo, si bien parte de una base decente de compasión, en última instancia, es miope y no soluciona nuestros problemas. Con alimentos verdaderamente locales, preferentemente silvestres, es la única manera en que podemos vivir sin causar la devastación de este planeta. Y vivir de verdad a nivel local, sin el consumo masivo de monocultivo de soya o cereales industrializados, en casi todas partes del mundo hace necesario el uso y el consumo de animales para que seamos sanos.

Como vegana no me gustaba pensar en el hecho de que sin los productos de desecho de los animales, los huesos y la sangre, la agricultura es, literalmente, un juego de suma cero.

Me rompió el corazón vegano aprender cuán inevitablemente esencial es para los seres humanos dejar de usar fertilizantes de combustibles fósiles y reintegrar a los animales a la vida agrícola. Como vegana no me gustaba pensar en el hecho de que sin los productos de desecho de los animales, los huesos y la sangre, la agricultura es, literalmente, un juego de suma cero. Sin materia orgánica para alimentar a las plantas y el suelo hambriento, la preciosa capa arable morirá y nada puede crecer, una realidad que estamos viendo en todo el mundo mientras colapsan los millones de explotaciones agrícolas que dependen de los combustibles fósiles. Cuando gastamos recursos como el agua y alimentos en los animales, se nos retribuye multiplicado por diez. No sólo se reutiliza el agua y los alimentos en forma de estiércol que nutre el suelo de una manera que el agua sola no puede lograr, sino que utilizamos a los animales para alimentarnos, y usamos los restos de sus cuerpos para alimentar a la tierra hambrienta. Fue impactante darme cuenta de que había estado exponiendo la necesidad de transformar la agricultura sin saber siquiera lo mínimo que se necesita para mantener un ecosistema saludable. Ahora me doy cuenta que las estadísticas que solía citar sobre la devastación del medio ambiente, los cereales y el consumo de agua, la contaminación y la mala salud, se basan en las cifras de las granjas industriales, no en las realidades de agricultura tradicional específicamente local, que es la única clase de agricultura que puede sanarnos a nosotros y a nuestro planeta.

A partir de ahora voy a elegir las muertes que nos mantenga saludables a mí y al planeta.

Cuando dejé de hablar de justicia alimentaria, y comencé a escuchar a las personas que viven en el frente de la lucha por la justicia global de alimentos, mis ojos se abrieron de manera irrevocable. Me di cuenta de que, en muchos aspectos, el veganismo nos aleja de nuestro lugar en el esquema natural de las cosas, niega nuestra necesaria participación en el ciclo alimentario, y transforma al mundo natural en un reino extraño que ya no podemos comprender plenamente. A los veganos les gusta decir que es nuestra intención lo que importa, pero pregunto “¿a quién le importa?” Ahora creo que, en lugar de decidir arbitrariamente que las muertes causadas por el veganismo están bien, mientras que las muertes causadas por los omnívoros son imperdonables, y que algunas muertes de animales se deben impedir a toda costa, mientras que otras son un mal necesario, tenemos que suprimir toda la jerarquía inventada que hemos construido y llegar a un acuerdo con el ciclo de la vida y la muerte. Estamos todos conectados en esta tierra, y en última instancia, la muerte es una parte necesaria e inevitable de la vida. Ya sea la muerte de animales causada por una dieta vegana que obliga al planeta a un ciclo antinatural y no sostenible de producción y que no nos garantiza a muchos de nosotros los nutrientes necesarios, o la muerte causada por una granja con animales que cierre el ciclo cultivando su riqueza natural de manera tradicional, siempre habrá muerte en nuestros platos. A partir de ahora voy a elegir las muertes que nos mantenga saludables a mí y al planeta.

Evidentemente, el planeta no puede soportar a 7 mil millones de personas de ninguna manera sostenible significativa, vegana o no. Por lo tanto, una parte integral de que podamos vivir de manera verdaderamente respetuosa del medio ambiente no es que todos seamos veganos, sino que bajemos la tasa de natalidad y la población para que podamos vivir de verdad a nivel local. Ante todo, esto requerirá el avance de los derechos de la mujer y el empoderamiento mundial de la mujer. (¡Realmente es asombroso lo mucho que puede lograr el feminismo!) En cuanto al hambre en el mundo, todos los que han leído mis artículos sobre el tema saben que ya hay más que suficientes alimentos producidos para alimentar a todos en el planeta con generosidad. El capitalismo ha convertido a los alimentos, y especialmente los granos, en una mercancía común, un arma de guerra, y una manera de obtener un beneficio, en lugar de ser el derecho inalienable que debe ser. La forma de prevenir el hambre no es alimentar a las masas hambrientas con los alimentos que actualmente se dan a los animales (el exceso de producción de alimentos y el desperdicio de comida resultante es una de las causas del hambre, en primer lugar), sino que las personas que padecen hambre crónica se liberen de las cadenas del neo-imperialismo y recuperen el control de sus sistemas alimentarios locales.

La mayoría de los ecosistemas del planeta simplemente no puede sustentar la agricultura anual de cereales, y la insistencia de los veganos para que los habitantes adopten un estilo de vida vegano, de todos modos los está condenando a una tierra eventualmente yerma y al hambre inevitable.

En mi propia vida, mi decisión de regresar a mi manera omnívora de comer está reduciendo drásticamente mi huella de carbono. La verdad es que como vegana no me gustaba admitir que la mayoría de los lugares en este planeta no son aptos para la agricultura anual de cereales, sino para una combinación de cultivo de vegetales y cría de animales. La mayoría de los ecosistemas del planeta simplemente no puede sustentar la agricultura anual de cereales, y la insistencia de los veganos para que los habitantes adopten un estilo de vida vegano, de todos modos los está condenando a una tierra eventualmente yerma y al hambre inevitable. Arabia Saudita, donde vivo, es uno de esos lugares. Ahora, en vez de depender de los cereales y granos cultivados en el extranjero con plaguicidas y métodos de cultivo insostenibles como parte principal de mi dieta, puedo concentrarme en productos de origen animal local, como cabra, cordero o pollo. Por ejemplo, puedo ir al mercado local y comprar carne de cabra, de rebaños de cabras que pastan a pocos kilómetros de distancia en el desierto, conducidas por beduinos de oasis en oasis según la tradición de siglos. Estas cabras aprovechan la tierra seca y matorrales que serían totalmente inadecuados para la agricultura y beben agua de pozos antiguos artesanales. Si la tierra que utilizan se transformara en grandes extensiones de campos de cultivo, requerirían ingentes cantidades de fertilizantes sintéticos y agua importada, y arruinaría el delicado ecosistema que existe actualmente en el desierto. No sólo me siento mejor física y mentalmente como omnívora, sino que mis elecciones son mucho más coherentes con mi convicción de que tenemos que vivir lo más ética y sosteniblemente posible dentro de nuestra comunidad local.

Se trate de la impresionante destrucción  provocada por las granjas industriales, o la un poco menos sorprendente pero no menos devastadora destrucción causada por la agricultura vegana, nuestro planeta se está aniquilando irrevocablemente y debemos dejar de tratar los síntomas de esta enfermedad y abandonar las soluciones a corto plazo. No podemos comprar nuestra manera de salir de esta crisis, las soluciones personales no son suficientes. Presentar al veganismo como una panacea que detendrá el calentamiento global, salvará a todos los animales, y alimentará a las masas hambrientas es miope y sin fundamento. Y me avergüenza, como académica, que me permití creerlo alguna vez. En cambio, debemos centrar nuestros esfuerzos en una completa reinvención de la manera en que vivimos en este planeta. Cualquier otra cosa es suicida.

4° Parte  – ¿A dónde voy desde aquí?

Si bien mi elección original de ser vegana surgió del  siempre noble impulso de hacer lo correcto y ser lo más compasiva posible, fue un error y una decisión que nunca debería haber tomado. Si hubiera hecho mi investigación y realmente hubiera planteado las preguntas difíciles desde el principio en lugar de dejar que las imágenes gráficas de las granjas industriales me guiaran, me habría salvado de 3 años de esfuerzos equivocados y del deterioro de mi salud física y emocional. Si me hubiese apegado a los rigurosos estándares académicos que mantengo en todos los demás aspectos de mi vida, podría haber pasado este tiempo luchando eficazmente para buscar soluciones reales, además de sentirme sana y feliz. Ojalá me hubiera observado a mí misma y cómo siempre me había sentido mejor. Pasé mi vida alimentándome con carne y era más sana que cualquiera. Debí haber reconocido que vengo de una larga línea de antinaturales e insensibles consumidores de carne, desde que se puede recordar. Mi cuerpo siempre ha sabido lo que necesito para estar sana, y sin embargo lo ignoré y sacrifiqué mi salud durante mucho tiempo.

Muchas personas han sugerido que sólo debería comer productos de origen animal que deteste o que me disgusten, así estaría segura de que nunca sería placentero comer carne. Ahora me entristece haberlo considerado durante un tiempo. Después de pensarlo un poco, me pregunté ¿por qué el asco y el dolor constante en todas las comidas tiene que ser el precio que tengo que pagar para mantenerme sana? ¿Por qué no debo cocinar las comidas más deliciosas y deleitarme con el placer de comer comida fabulosa, saludable y sorprendente? Finalmente me di cuenta de que está bien tener la alegría de cocinar un filete, o soñar despierta con el placer de las muchas maneras de cocinar mi salmón para la noche. Me niego a jugar el juego que tantas mujeres (veganas o no) se ven obligadas a jugar a causa de nuestra sociedad que odia violentamente a las mujeres; nunca sentiré vergüenza ni culpa por comer lo que mi cuerpo quiere y necesita para estar sano. Voy a tener la alegría y el placer sin vergüenza, innegable, en cada bocado glorioso. Voy a estar agradecida y celebraré en todo momento, sin olvidar nunca la lección que he aprendido sobre escuchar a mi cuerpo y respetar el hecho de que merezco ser feliz y saludable.

Estoy segura de que muchos de ustedes se molestarán o decepcionarán por mi anuncio. Algunos incluso podrán tratar de racionalizar mi “fracaso” o ignorar mi experiencia para no tener que enfrentar la posibilidad de que el veganismo no sea la única manera de vivir. Muchos podrán incluso enojarse conmigo, después de todo, pensaron en mí como una aliada, algunos incluso se hicieron veganos en parte por mí. Espero que puedan darse cuenta de que tengo que hacer lo que creo es mejor, y lo que creo que es bueno para mí. Y si resulta que eres un vegano saludable y feliz, ¡me alegro por ti! Sigue haciendo lo que funciona en tu vida, pero tal vez puedas sacar de mi historia que el veganismo no es siempre lo mejor que podemos hacer por nuestra propia salud o para el planeta o para los animales. Y si eres vegano y no te sientes tan sano como antes o como quisieras, no pierdas tiempo en averiguar lo que está mal y haz todo lo que necesites hacer para mejorar. Tú también mereces ser sano y feliz.

Los últimos meses han sido dolorosos y me dieron una lección de humildad, pero en última instancia fueron felices. Empecé este camino en las profundidades de la desesperación, mis ojos casi permanentemente cerrados por la hinchazón de tanto llorar, preguntándome a dónde ir desde aquí, qué hacer. ¿A quién podía decirle?, ¿qué diría? ¿Debo mantenerlo en secreto o escribir en mi blog al respecto, o simplemente desaparecer de la faz de la tierra y no volver a actualizar mi blog? Pensé mucho en mi blog, mi precioso espacio personal para compartir mis tontas historias, mis fotos más ridículas, y mis recetas favoritas. No quería abandonarlo, pero ¿cómo iba a continuar? Apenas hice este anuncio supe que iba a recibir correos de odio. De hecho, sólo de comentarios en Twitter y otros blogs, ya me han inundado con cartas airadas acusándome de ser un trol anti-vegano que ha estado conspirando durante años, o al servicio de la industria de la carne.

Sabía que me iban a llegar cartas de odio apenas hice este anuncio pero no me sentía bien manteniéndolo en secreto por más tiempo. Soy, por naturaleza, una persona dolorosamente honesta. Pero una vez lo anuncié, me pregunté, ¿qué hago entonces? ¿Mantengo el blog? ¿Abandono el blog? ¿Debo tomar fotos de la carne, o sólo mostrar mi comida vegana? No quería ocultar una parte de mi vida como si me avergonzara de ella. No quería negar la propia decisión que me devolvió la salud y la felicidad, sin decir ni una palabra de mis elecciones a nadie. Sobre todo, quería seguir con el blog porque me encanta la comida. Me encanta pensar en ella, escribir sobre ella, cocinarla y, sobre todo, comerla. Me encanta la comida y me encanta ser una blogger de alimentos. Adoro a la comunidad, los amigos, las risas, los recuerdos. No quiero abandonar nada de eso. Por lo tanto, voy a seguir. Me estoy cambiando permanentemente a una nueva URL (www.voraciouseats.com) en esta semana. Pero seguiré escribiendo sobre las comidas y las recetas que me encantan. ¡Mi vida es tan deliciosa que quiero compartir cada bocado!

-Tasha, voraciouseats.com

A Vegan No More – The Story of a Recovering Vegan

as posted by Tasha at http://voraciouseats.com/

Many of you know that I have recently been struggling for the first time in my life with health problems. When I discovered that my problems were a direct result of my vegan diet I was devastated.  2 months ago, after learning the hard way that not everyone is capable of maintaining their health as a vegan, I made one of the most difficult decisions of my life and gave up veganism and returned to eating an omnivorous diet. My health immediately returned. This experience has been humbling, eye-opening, and profoundly transformative. To hear the whole story just keep reading…

Part 1 – Health Shock

When the doctor first told me that I had numerous vitamin and mineral deficiencies, that I was almost anemic, and my B12 was so low she wanted to give me an injection immediately, I refused to believe her. I actually asked her to show me the blood test results because I thought there had to be some sort of mistake. But there was no mistake, it was right there in black and white; deficiencies and abnormalities across the board.

The results explained perfectly why I had been feeling weak and exhausted for more than 6 months. Whereas I had previously lived for working out and even an hour on the elliptical wasn’t enough for me, lately doing more than 20 minutes at a leisurely pace caused me to yearn to spend the rest of the day in bed recuperating. When I could I slept till noon, I felt lightheaded when I stood up, I couldn’t remember simple words or the names of my friends, and I was freezing cold even in the midst of a sweltering Saudi summer. Of the myriad symptoms I’ve listed here and the ones I will not be describing publicly, the absolute worst of all was my depression. This awful, lifelong foe I’ve been battling on and off was sneaking back into my life, painting the edges of my world a sickening black and stealing the joy that I had fought so desperately to regain.

The doctor, who was kind and very understanding, was surprisingly knowledgeable about vegan diets and had a career long specialization in nutrition. After ruling out any other possible medical condition, she patiently spoke over my tears and my hitching sobs and explained that yes, humans are healthiest when eating a large amount of varied plant foods, but that we would be wrong to ignore the small amounts of animal products that many of us so essentially need. “Most human bodies run optimally on the occasional animal product. Eggs and bits of meat every so often are small but very important parts of a healthy diet.” she said, a look of sorrow on her face. She could see how hard this was for me.

She told me that while there are people who can be quite healthy on a vegan, or predominantly vegan, diet, there were many people who simply could not. After all, every human is biologically and physiologically different, she explained. I listened patiently, refuting her claims with the knowledge I’ve gleaned over the years. After all, I wasn’t just a regular vegan, I was a hardcore, self-righteous and oh so judgmental vegangelical. I never passed up an opportunity for some preaching. She was prepared. Just as patiently she explained how many of the ‘facts’ I was quoting were just plain wrong, or had been presented in a way that distorted the truth. It was horrifying and I almost passed out in her office because I was so worked up.

She respected the fact that I was committed to staying vegan and worked with me for over an hour to figure out how I could maximize the nutrients in my already superbly healthy vegan diet. According to her, I was already doing everything right. Along with the minor dietary suggestions, she also recommended a variety of supplements in addition to the ones I already took everyday, including iron tablets.

I remained silent when she gave me the B vitamin injection, I tried not to cry as I waited in line at the pharmacy for my iron tablets, and when I arrived back home I hid the papers and the box of pills in the back of my bedside table. I didn’t tell anyone for days, not even Cody. I had failed and it would be my dirty little secret.

For a week I took the iron pills dutifully, somehow ignoring the fact that they weren’t vegan. I had felt a small measure of improvement immediately from the B vitamin injection, and was hoping for the same affect from the iron pills. Unfortunately, it was obvious after only a few days that they were making me ill. I couldn’t keep food down, I was spending hours a day in the bathroom, alternately hunched over or perched on top of the toilet. I was losing weight and feeling worse than ever.

I went back to the doctor and, just as patient as ever, she said that I was obviously not handling the pills well. I’m sensitive to just about all medication, even Advil has been known to make me sick, so this was no surprise. She asked me if I would consider adding a few eggs to my diet every day. I shook my head, a few eggs couldn’t really be that important. She explained that yes, they really were. But I still said no. Absolutely not. After another lengthy counseling session she wrote another prescription for another kind of iron supplement. Once again I tried to fight back tears at the pharmacy.

The new round of pills was even worse. I would rather feel weak, dizzy, and depressed, than this violently ill. After 2 weeks I threw the pills in the trash and returned to the doctor again.

She spoke to me for a long time, explaining again in great detail exactly how and why a vegan diet was damaging my body. Nutrition is a shockingly inexact science; no one completely understands the complicated dance of vitamins and minerals, much less the synergy of whole foods and their role in our health. But she tried to give me as comprehensive a breakdown as I would understand. She discussed heme iron, the lack of specific nutrients that lead directly to depression and anxiety, she talked at length about vitamin A, taurine, retinol, beta carotene, vitamin D, omega fatty acids, as well as B12 and the disastrous and irreversible results that occur when the body finally depletes its last stores of that crucial ingredient for health, and much more.

She explained how the health problems we are plagued with in the Western world are not caused by animal products, far from it. Humans have been consuming animals (in much greater quantities than we do now) for millions of years without ill effect, and historically there has never been a single vegan culture. We need to look at the recent additions to our diet to uncover the causes of our sudden modern plagues: refined sugar, hydrogenated vegetable oils, trans fats, refined flours, chemical toxicity and the industrialized denaturing of all forms of food. According to her, avoiding healthy, organic animal products was not only unnecessary for good health, but in most cases positively detrimental to our well being.

“You see,” she concluded, “for many, if not most, people a totally plant based diet is not a good thing. It obviously is not working for you and that is nothing to be ashamed of. The body has evolved to utilize meat efficiently and healthfully, not tablets or pills. You’ve been taking B12 supplements for years, and you’ve been trying to take iron supplements for weeks, and they haven’t been utilized by your body at all. Supplements are a very poor substitute for whole foods. Taking medication is not the best option and it is not necessary; you could almost certainly regain your health on a balanced diet. It is my recommendation that you try that.”

I shook my head in silence.

“I’m sorry, I just can’t. I won’t.” I said to her for the millionth time, wiping the tears that were flowing down my face. “It just isn’t going to happen. I don’t care how sick I am. It’s wrong to eat animals!”

She leaned forward on her desk and made one more plea for me to think more carefully about my health and well being. “Natasha, you are hurting yourself. You are very, very sick. Your hair is falling out, your depression is back, and you are making yourself ill. You cannot go on like this.”

I stared at her for several long seconds, then got up and left the room.

I returned on schedule for my follow up B vitamin shot (and several visits with several other kinds of doctors including a cardiologist – more on that later), but I was only going through the motions, I always stopped myself from dwelling on the serious health problems I was having, it was just too painful.

I kept eating healthfully, as I always have. An entire head of greens every morning in my fruit smoothie, beans almost every day, tons of citrus fruits in my lunch snack plates, tofu, soaked nut pates, whole grains, sprouted grains, and roasted veggies, and of course my daily vitamins, all of the delicious, beautiful food that I loved. This diet was supposed to make me healthy in addition to saving the world, not make me ill. Everything I had ever been told by vegans had said that this was the optimum way for humans to eat.

I wanted desperately for it to be right, for my ethics to outweigh my physiology.

Of course, I never questioned why I was constantly hungry. Why 2 veggie burgers, a giant raw vegetable salad, and a bowl of nuts, couldn’t keep me full longer than 2 hours. It was exhausting, physically painful, and tedious trying to keep myself fed, but I figured it was worth it. I was healthy. Or at least, that’s what I thought until it was proven otherwise. I’m still not sure why I accepted for so long that fatigue, exhaustion, and growing depression were a normal part of life that was to be expected as one grew older. After all, I am only 28 and I’ve never in my life suffered from ill-health. But the fact is: I wanted veganism to work. I wanted desperately for it to be right, for my ethics to outweigh my physiology.

I delicately broached the topic of my ill-health with several vegan friends. I even made comments on other blogs and on twitter highlighting my struggles. The response was nothing short of shocking. In the span of just a few days I received an outpouring of emails from fellow ‘vegan’ bloggers, who told me in confidence that they weren’t really vegan ‘behind the scenes’. They ate eggs, or the occasional fish, or piece of meat, all to keep themselves healthy, but were too scared to admit to it on their blogs. I even received emails from two very prominent and well respected members of the vegan AR community. One a published and much loved vegan cook book author, the other a noted animal rights blogger, their emails detailed their health struggles and eventual unpublicized return to eating meat. Many people sent me links to other vegans who had struggled with veganism related health problems and had been forced to return to eating animals and animal products, or had decided to stop following a vegan diet, such as: Raw Model, Debbie Does Raw, Daniel Vitalis, Sweetly Raw, Chicken Tender, The Non-Practicing Vegan, and PaleoSister, to name just a few. It was refreshing to know I wasn’t the only one suffering from this problem, and the more I heard, the more it seemed I wasn’t even in the minority.

Unfortunately, there were also masses of people who contacted me to offer unsolicited and often insultingly patronizing advice. They made sure to let me know that I was only sick because I was ‘doing veganism wrong’. ‘Have you tried more greens/beans/tofu/nuts?’ the questions were relentless. I was baffled by the suggestions to eat imported goji berries, use maca powder in my smoothies, or eat more spirulina. All these exotic recommendations were supposedly needed to make me healthy on a diet that is heralded as natural and ideal; it absolutely did not make sense.

Many more vegans just rolled their eyes, blatantly skeptical that I was feeling ill in the first place. The realization that people I had previously considered friends were now flat our refusing to believe in the veracity of my health problems was shocking. Could they honestly think that I would give up on veganism right away? Did they truly believe I hadn’t tried everything in my power to make this work? ‘Spend 1 day in my body barely able to walk from exhaustion, feeling dizzy, cold, and depressed, and then judge me!’ I wanted to scream at them. But I didn’t. I just stopped talking about it.

As a feminist, this body hating rhetoric infuriated me.

After that, I soldiered on in silence for many months. I lied to myself, to my readers, to the world saying I felt healthy and fine, when in reality I felt worse than ever. During this time I saw doctor after doctor and tried every suggestion and recommendation, desperately hoping for a cure. I was determined to make veganism work; I was always convinced that just around the next corner I would find the solution. I tried to skirt the issue of my health problems with fellow vegans, cringing as they insisted that anyone who couldn’t be healthy on a vegan diet obviously ‘wasn’t doing it right’. I wanted to scream, but instead I kept my mouth shut, and listened to their arrogant and ignorant opinions on why so many people ‘failed’ at veganism. Some people even suggested that those of us who couldn’t remain healthy as vegans should willingly sacrifice our health for the cause. As a feminist, this body-hating rhetoric infuriated me. The willing participation in the denial and degradation of my bodily needs smacked of misogyny, patriarchal control and violence against the female body, and everything that I fight against. But still, I kept my mouth shut. I didn’t know what else to do.

For 3 years I built my entire life on the premise of veganism. It was my life’s passion, my guiding light. Being a vegan was everything to me. I believed my actions made me an animal rights crusader; I was saving lives, and changing the world Now, I know otherwise, but it took a very long time to realize that. For months I was consumed with my self-induced illness, but I still couldn’t abandon veganism; I couldn’t stop fighting for what I believed in. Even if it was hurting me.

Part 2 – Healing

My first bite of meat after 3.5 years of veganism was both the hardest and easiest thing I’ve ever done. Tears ran down my face as saliva pooled in my mouth. The world receded to a blank nothingness and I just ate, and ate, and ate. I cried in grief and anger, while moaning with pleasure and joy. When I took the last bite I set back and waited to feel sick. I had just devoured a hunk of dead animal, the most evil thing I could conceive of, surely my body would reject this debasement and I would feel vindicated that I truly was meant to be a vegan.

I felt profoundly joyful in finally listening to the wisdom of my body.

Instead, my face felt warm, my mind peaceful, and my stomach full but….I searched for a word to describe how it felt….comfortable. I realized that for the first time in months I felt satiated without the accompaniment of stomach pain. I had only eaten a small piece of cow flesh, and yet I felt totally full, but light and refreshed all at once. I reveled in that new and unexpected combination of sensations. How amazing it was not to need to eat for an hour solid till my stomach stretched and distended over my pants just to buy an hour or two of satiety. How beautiful it felt to be able to eat the exact thing that for so long my body had been begging for. I felt profoundly joyful in finally listening to the wisdom of my body. What a revelation.

Then I noticed something else odd: my heart was beating slowly, steadily. Normally, after a typical meal of veggies, rice and beans, or other starchy fare, my heart would race and skip for an hour or so afterward. Several visits with a cardiologist, more blood work, an EKG and an echo-cardiogram had confirmed that my heart was in perfect shape. The cardiologist explained that the unnerving post-meal palpitations were a symptom of my deficiencies, as well as a sign of blood sugar instability caused by the massive servings of carbohydrates I was consuming. Now after eating a single piece of steak, my heart thudded on, steady, strong, and slow. It made me cry all over again, this time in joy.

Every day for the past 2 months I have eaten fish or a piece of meat or eggs. To my never ending shock I have found that I digest a meat and veggie meal far, far better than I ever digested a whole grain/nut/veggie meal. I know that the lipid hypothesis is completely fallacious, these animal foods won’t hurt me or cause me ill health in anyway, in fact, the vitamins and minerals they provide, along with the nutritious cholesterol and wholesome saturated fat, will restore my health. And they have. There are few things as healthy and nutritious as grass fed, organic animal products. So, for these past months, I ate animals and animal products every single day. And, I say with a huge, grateful smile on my face: I’m back! After 1 month on my new diet my blood levels were either normal, or almost normal. After 2 months every single deficiency and out of whack number was completely restored to the healthy, normal range. Not one problem. Not one.

They always say you don’t really know what health is until you’ve lost it. And I never realized how unhealthy I actually was until I started feeling better. Glowing is the only way I can possibly begin to describe the way I feel now. If I was a religious woman, miraculous would have to be my word of choice to express the transformation I’ve undergone in the past 2 months. I’m now reveling in my health; basking in the clear headed precision of my thoughts, the strength of my legs when I run, the warmth radiating from my skin, the slow, melodic power of my heart, and the perfect knowledge of my body when it tells me exactly what to eat, how much, and when.

Eating meat everyday turned out to be incredibly easy because it was exactly what I had needed all along.

My diet is now, obviously, very, very different than what it was before. At first, when the doctor suggested I eat small servings of meat or eggs everyday to regain my health I was panicked. How disgusting, I thought. Surely I would have to force it into my mouth and it would be a battle just to swallow without vomiting immediately. The doctor just smiled and told me to listen to what I wanted. Not what I thought I should eat, but what I actually, really wanted. This immediately struck a chord with me. So, with my doctor’s permission, I really listened to my body for the first time in years. And, perhaps not so surprisingly, I found myself reverting right back to how I had eaten all of my life before going vegan, back in the years when I felt healthy and invincible and never had to deal with sugar crashes, mood swings, and ravenous hunger with the accompaniment of a stuffed and bloated belly. Eating meat every day turned out to be incredibly easy because it was exactly what I had needed all along.

The changes that I experienced were manifold and occurred so quickly and decisively I almost couldn’t believe it. Within one week I was able to stand up without seeing black spots in my eyes, and I was sleeping peacefully through the night. To my relief, my constant stomach pains and bloating completely vanished. Within 2 weeks I noticed my allergies were diminishing, even at a time when all the trees and flowers in our community were beginning to bloom. Also at 2 weeks I no longer needed a sweater just to sit on the couch, my toes and fingers had stopped feeling like perpetual icicles. At 3 weeks I could complete a light 20 minute cardio workout without feeling dizzy or nauseous, something I had been unable to accomplish for months. At 3 weeks I also noticed the most amazing change of all: my depression was diminishing. Days would go by when I wouldn’t succumb to hours of sobbing or listlessness. At 4 weeks I noticed three very strange things: my mysterious lower back pain that had been bothering me for nearly a year had vanished, even though I hadn’t changed my shoes or done any physical therapy; the skin on my face was plump and full and the fine lines that I had figured were just a sign of being nearly 30 had faded so much they were barely discernible, even though I had not changed anything about my skin care routine; and finally, I noticed my hair was thicker, shinier, and much fuller than it had been in years, even though I hadn’t changed anything about my hair care routine.

And now, after 2 full months of non-veganism I can honestly say I feel reborn.

At 5 weeks I noticed a steady, permanent buzz of energy that carried me throughout the day. I started being able to run errands, work out, and do my writing, all in the same day without needing frequent rest stops. I kept waiting for exhaustion to sneak up on me…but it never once reared its ugly head. After 6 weeks I was reveling in my strength and stamina, I literally walked around the gym with my mouth hanging open in awe of my endurance and new found strength. I was unstoppable. Also at 6 weeks I knew for sure, in the way that only a person with the battle scars of depression can know, that my feelings of sadness were gone for good. Joy and the most indescribable sense of relief and tranquility were now just a given when I woke up in the morning. And now, after 2 full months of non-veganism, I can honestly say that I feel reborn. Healed doesn’t even begin to describe it, because I have so surpassed even my most wild expectations. I am healthier and fitter and happier than I ever remember being. My days are jam packed with hours of working out, riding my horse, hiking with my dogs, laughing with friends, working, writing, and just plain living. I feel healthier and stronger (so much stronger that I can’t even describe it) than I have in years, and it isn’t something I’m going to ever give up again. I’m back!

Part 3 – Rethinking my Beliefs

3.5 years of veganism didn’t just leave me exhausted, depressed, and very sick, it also filled my head with doubts and questions about the ethics of veganism. If I actually need to eat animals to be healthy, how can it be so wrong? It has been a complicated and eye-opening journey, and I now find myself in a much different place than I was 3 years ago, a year ago, or even several months ago. Perhaps if my health hadn’t improved so dramatically upon the reintroduction of animal flesh I wouldn’t be so sure, but it did improve remarkably, and now that I have my life and my happiness back, I will never give it up again. Ultimately, I can no longer think it is wrong to eat animals.

Several years ago I believed veganism fit in perfectly with my determination to drastically reshape the world. As a revolutionary feminist and anti-imperialist, veganism seemed to be yet another way I could fight the injustices we are facing. But as the years wore on and my body began devouring itself for the sustenance that my vegan diet couldn’t provide, I began to lose the will and the energy to do the vital work I had so loved. I no longer had the mental clarity to write my famous scathing exposes, or the physical energy to teach, organize, and build solidarity. I was sputtering out, grinding to a screeching halt. I realized that veganism, my choice to buy ‘cruelty free’ foods, was quickly becoming my only avenue for activism. It was the only thing I really had energy for anymore. As a staunch radical I’ve always been opposed to capitalism’s emphasis on the personal solution, I refuse to buy into the mainstream myth that we can shop our way out of catastrophe. And yet…with my dwindling energy reserves and devastating health problems I realized that was exactly what I was doing. When I stumbled along this quote about veganism by Megan Mackin it seemed as if it had been written for me: “It begins, eventually, to look like a very effective way to co-opt a movement: take the most passionate activist-minded, girls especially, and get their focus on a way of living that drains energies and enforces conformity in others. The Big Boys still run things, but now even more freely – with out much interference.”

I eventually forced myself to apply the same ethics I had used to analyze animal foods to the analysis of plant foods, and tried to calculate the macro impact of my food choices. I soon realized that I had to make a serious change. As I’ve written about before, the foods I was eating as a vegan saved no more animal lives and were no ethically better than the foods I am now eating as an omnivore, with two main differences. First, I now no longer lie to myself about the fact that life requires death. Second, I am now healthy. Just like always, I still care intensely about the environment, the well being of animals, and the politics of food, but my ideas of how to do the most good and effect the most change have drastically transformed. I reexamined the party line of veganism, that it is the moral baseline, and admitted to myself that I had never been comfortable with the arbitrary declaration of drawing a line in the ethical sand. In fact, during my time as a vegan I never stopped searching for an even better solution and a more ethical way to live. I definitely believe I’m on the right path. My new thoughts don’t have veganism’s catchy slogans like ‘Meat is Murder’, but here’s a quick wrap up:

In one of those strange circumstances of serendipity that life is always throwing our way my veganism induced health problems coincided with a period of intense food justice activism in my own life. During this time in my work as a food rights advocate I had many, many discussions with agronomists, farmers, agroecologists, and global south advocates, and I learned how very wrong I was in my previous conviction that veganism would save the world. While veganism presents a very simple and easy to understand solution to the world’s problems, and has therefore become the go to politically correct strategy, it is at best a band-aid for the ecological and world hunger crises we are facing. The need for the entire world to go vegan in order to stop global warming or prevent chronic hunger is simply and irrefutably false.

As I learned while sitting at the metaphorical feet of the world’s leading revolutionary ecologists and food rights advocates, the only way for humanity to survive in any meaningfully sustainable way is for us to live entirely within our local food systems, eating the plants and animals that naturally live on our immediate landbase. And this most definitely does not include millions of acres of grains, the cultivation of which is amenable to only very small parts of the globe. To produce the vegan foods that I used to consider so cruelty-free; modern, industrialized agriculture forces land to grow crops that are alien and unnatural to it, robs the planet of its resources, destroys whole eco-systems, wipes out entire species of plants and animals, and creates a chaos of death and destruction as more and more wild land is needed to replace the devastated cropland.

This planetary devastation (and the resulting socio-cultural ramifications) has been going on far longer than the advent of factory farms, which were only introduced in the past several decades. Of course, just like any decent human being, I abhor the evil that is factory farming, and I stand opposed to their slavery, torture, and abuse. I also recognize that the massive production of grain is what led to the creation of factory farms in the first place; they simply would not have been possible otherwise. We do not grow so much grain because we want to have factory farms; we have factory farms because we are growing such an avalanche of grain. Veganism, while coming from a decent place of compassion, is ultimately short sighted and does not fix our problems. Truly local, preferably wild food is the only way we can live without causing devastation to this planet. And living truly locally, without massive consumption of monocrop industrialized grains or soy, in almost every part of the world necessitates the use and consumption of animals for us to be healthy.

As a vegan I didn’t like to think about the fact that without animals’ waste products, bones, and blood, farming is literally a zero sum game.

It broke my vegan heart to learn how unavoidably essential it is for humans to stop the use of fossil fuel fertilizers and reintegrate animals back into farm life. As a vegan I didn’t like to think about the fact that without animals’ waste products, bones, and blood, farming is literally a zero sum game. Without organic matter to feed the plants and the hungry soil, the precious topsoil will die and nothing can grow, a fact of life we are seeing play out around the globe as the millions of fossil fuel dependent farms collapse. When we expend resources like water and food on animals we are repaid tenfold. Not only does the water and food get used again in the form of manure that nourishes the soil in a way simple water never can, but the animals are eaten by us, and the remnants of their bodies used to feed the hungry earth. It was shocking to realize I had been expounding on the need to transform agriculture and farming without even knowing the bare minimum of what it takes to keep an ecosystem healthy. I now realize that the statistics I used to quote about environmental devastation, grain and water consumption, pollution, and ill health, were all based on numbers from factory farms, not from the realities of traditional land base specific farming, which is the only kind of farming that can heal our planet and us.

From now on I will choose the deaths that keep me and the planet healthy.

When I stopped merely talking about food advocacy, and started listening to people living on the front lines of the global food justice struggle, I had my eyes irrevocably opened. I realized that in many ways veganism removes us from our place in the natural scheme of things, denies our necessary participation in the food cycle, and makes the natural world into an alien realm that we can no longer fully understand. Vegans like to say that it is our intentions that matter, but I ask ‘matter to who?’ I now believe that instead of arbitrarily deciding that the deaths caused by veganism are okay, while the deaths caused by omnivores are unforgiveable, and that some animal deaths should be prevented at all costs while others are a necessary evil, we have to abolish the entire fabricated hierarchy we have constructed and come to terms with the cycle of life and death. We are all of us on this earth connected, and ultimately, death is a necessary, unavoidable part of life. Whether it is the animal deaths caused by a vegan diet that forces the planet into an unnatural and unsustainable cycle of production while failing to provide many of us with necessary nutrients, or it is the deaths caused by a close looped animal integrated farm cultivated to grow its natural bounty in traditional ways, there will always be death on our plates. From now on I will choose the deaths that keep me and the planet healthy.

Obviously, the planet cannot support 7 billion people in any meaningfully sustainable way, vegan or not. Therefore, an integral part of us being able to live in a genuinely environmentally respectful way is not for us all to go vegan, but for us to lower the birthrate and the population so we can live truly locally. First and foremost this will require the advancement of women’s rights and the global empowerment of women. (It really is amazing just how much feminism can accomplish!) As for world hunger, all of you who have read my world hunger articles know there is already more than enough food produced to feed everyone on the planet generously. Capitalism has turned food, and especially grains, into a commodity, a weapon of war, and a way to make a profit, instead of the inalienable right it should be. The way to prevent hunger is not to feed the starving masses the food we currently feed to animals (excess food production and the resulting food dumping is one of the causes of hunger in the first place), but for the chronically hungry people to throw off the shackles of neo-imperialism and to gain back control of their local food systems.

Most ecosystems on this planet simply cannot support annual grain agriculture, and the urging by vegans for the inhabitants to adopt a vegan lifestyle anyway is damning them to an eventually desiccated land base and inevitable starvation.

In my own life my decision to return to my omnivorous ways is drastically shrinking my carbon footprint. The truth that as a vegan I did not like to face is that most places on this planet are not suited for annual grain agriculture, but for a mix of plant and animal husbandry. Most ecosystems on this planet simply cannot support annual grain agriculture, and the urging by vegans for the inhabitants to adopt a vegan lifestyle anyway is damning them to an eventually desiccated land base and inevitable starvation. Saudi Arabia, where I live, is one of those places. Now, instead of relying on grains and beans grown overseas with pesticides and seriously unsustainable farming methods to form the bulk of my diet, I can now turn my focus towards local animal products, such as goat, lamb, or chicken. For example, I can go to the local market and buy goat meat from goat herds that graze just a few miles away over the open desert, herded by Bedouins from oasis to oasis in a centuries’ old tradition. These goats make use of the dry and scrubby land that would be completely unsuitable for crop farming and they drink ancient artisanal well water. If the land they use was transformed into huge swathes of crop fields it would require staggering amounts of synthetic fertilizer and imported water, and it would wreck the delicate ecosystem that currently exists in the desert. Not only do I feel better physically and mentally as an omnivore, but my choices are much more consistent with my conviction that we need to live as ethically and sustainably as possible within our local community.

Whether it is the staggering destruction caused by factory farms, or the slightly less staggering but no less devastating destruction caused by vegan agriculture, our planet is being irrevocably annihilated and we must stop treating the symptoms of this disease and abandon short term solutions. We can’t shop our way out of this crisis, personal solutions are not enough. Presenting veganism as a panacea that will stop global warming, save all the animals, and feed the starving masses is nearsighted and unfounded. And it shames me, as an academic, that I ever let myself believe it. We must instead focus our efforts on a complete reimagining of the way we live on this planet. Anything less is suicide.

Part 4 – Where Do I Go From Here?

While my original choice to be a vegan stemmed from the always noble impulse to do the right thing and be as compassionate as possible, it was a mistake and a choice I should never have made. If I had done my research and actually asked the hard questions from the beginning instead of letting the graphic images of factory farms guide me, I would have saved myself 3 years of misguided efforts as well as the deterioration of my physical and emotional health. If I had adhered to the rigorous academic standards that I hold myself to in all other aspects of my life I could have spent this time fighting effectively towards real solutions, as well as feeling healthy and happy. I wish I had also taken a look at myself and how I had always felt the best. I spent my life thriving on meat and was healthier than anyone. I should have recognized that I come from a long line of preternaturally healthy and impervious meat eaters, from as far back as anyone can remember. My body has always known what I need to be healthy, and yet I ignored that and for far too long sacrificed my health.

Many people have suggested that I should only eat animal products that I loathe or that disgust me, so I would be sure never to take pleasure in the act of eating meat. It saddens me now that I actually considered this for a while. After giving it some thought, I wondered why should constant revulsion and grief at every meal be the price I pay for staying healthy? Why shouldn’t I cook the most delicious meals and revel in the pleasure of eating fabulous, healthy, and amazing food? I eventually realized that it is okay for me to take joy in cooking a steak, or daydream pleasurably about all the many ways to cook my evening salmon. I refuse to play the game that so many women (vegan or not) are forced to play by our violently woman hating society; I will never feel shame or guilt for eating what my body wants and needs to be healthy. I will take joy and shameless, undeniable pleasure in every glorious bite. I will be grateful and thankful and celebratory at all times, while never forgetting the lesson that I learned about listening to my body and respecting the fact that I deserve to be healthy and happy.

I am sure that many of you will be upset or disappointed about my announcement. Some of you might even try to rationalize my ‘failure’ or ignore my experience so you don’t have to face the possibility that veganism might not be the only way to live. Many of you might even be angry with me, after all you thought of me as an ally, some of you even went vegan partly because of me. I hope you are able to realize that I have to do what I believe is best, and what I believe is right for me. And if you happen to be a healthy and happy vegan, then I am happy for you! Keep on doing what works in your life, but maybe take away from my story that veganism is not always the best thing we can do for our own health or for the planet or for the animals. And if you are vegan and you don’t feel as healthy as you used to or as you would like, don’t waste any time in figuring out what is wrong and doing whatever you need to do to get better. You deserve to be healthy and happy, too.

The past few months have been humbling and painful, but ultimately happy. I started on this path in the depths of despair, my eyes almost permanently swollen shut by so much crying, wondering where to go from here, what to do. Who could I tell, what would they say? Should I keep it a secret or blog about it, or just drop off the face of the earth and never update my blog again? I thought long and hard about my blog, my precious personal space for sharing my silliest stories, goofiest photos, and absolute favorite recipes. I didn’t want to let it go, but how could I continue? As soon as I made this announcement I knew I would get hate mail. In fact, just from remarks on twitter and other blogs, I’ve already been inundated with angry letters accusing me of being an anti-vegan troll who has been plotting this for years, or in the employ of the meat industry.

So, I knew I would get hate mail as soon as I made this announcement but I didn’t feel right keeping it secret any longer. I am by nature a painfully honest person. But once the announcement was made, I wondered, what do I do then? Keep blogging? Stop blogging? Do I take pictures of the meat, or only show my vegan meals? I didn’t want to hide a part of my life as if I was ashamed of it. I didn’t want to deny the very decision that has restored my health and happiness by never breathing a word of my food choices to anyone. Most of all, I wanted to keep blogging because I love food. I love thinking about it, writing about it, cooking it, and most of all eating it. I love food and I love being a food blogger. I adore the community, the friends, the laughs, the memories. I don’t want to give any of it up. So, I’m going to continue. As you can see I’ve revamped the blog, obviously changing the title and a few of the pages to reflect my changing life. I will be permanently moving to a new url (www.voraciouseats.com) within the week. But no matter what I’m going to keep on blogging the meals and recipes I love. My life is so yummy – I want to share every single bite!

Fuente: En español y En inglés