Cuerpos cautivos: experiencias trans, cárceles y resistencias

Por Jei-Alanis Bello Ramírez

En su ya clásico trabajo Bordelands/La Frontera, la feminista chicana Gloria Anzaldúa ponía de relieve cómo distintas culturas, las dominantes y las dominadas, construyen su sentido de unidad, valor y honor, en torno a las categorías de ‘raza’ y ‘sexo’. Estas categorías no son naturales, ni rasgos biológicos de los cuerpos, son producto de relaciones de poder y dominación que establecen jerarquías entre los grupos sociales y demarcan términos de exclusión, opresión y resistencia. Pertenecer a la comunidad, ser reconocida-o como integrante de un colectivo, de un pueblo, de una nación, pasa por encarnar y defender los valores que definen el sentido de existencia de un grupo social. Fuera de las normas que rigen la pertenencia racial y sexual del grupo, se encuentran las-os desviadas-os, las-os raritas-os, las-os otras-os.
La ‘raza’ y el ‘sexo’, entre otros ejes de diferencia, operan como tecnologías de división que mutilan el mundo interior de las personas, establecen límites, jerarquías y fronteras para el devenir de los cuerpos. La heterosexualidad, dice Anzaldúa, es una “dualidad despótica” que se impone bajo el entendido de que en el mundo sólo existen ‘hombres’ y ‘mujeres’, y que su vinculación ha de ser obligatoria, desigual y ‘natural’. Rechazar la heterosexualidad, no adaptarse a sus lógicas binarizantes de masculino/femenino, hombre/mujer, sujeto/objeto, cultura/naturaleza, expone a los sujetos a la expulsión del espacio simbólico y material de la humanidad. Es este el espacio del cual emergen los cuerpos fronterizos, los cuerpos Trans.
Los poderes médicos, estatales, familiares, religiosos, definen nuestras vidas en términos diferenciales a partir de la lectura que hacen de la materialidad de los cuerpos. Imponen un ‘sexo’ al individuo según lo que encuentren o quieran ver en medio de sus piernas. A través de su vida este cuerpo será conminado a incorporar ya sea la feminidad o la masculinidad, por medio de prácticas cotidianas y ritos instituyentes que le obligarán a materializar el ‘sexo’ que se supone que es, un ‘sexo’ que nunca ha sido natural sino decretado por el poder.
La feminidad y la masculinidad son dos polos de adoctrinamiento masivo (Ziga, 2009), dos polos que sustentan la hegemonía heterosexual y que demarcan a través de una frontera los cuerpos, las experiencias, las culturas y las visiones del mundo. Las personas con experiencias de vida Trans enfrentamos un desgarramiento entre estos dos mundos, entre nuestras pertenencias a la ‘raza’, a nuestras familias, a nuestras culturas. La desobediencia que enarbolamos contra la imposición de una identidad que no sentimos propia, nos enfrenta, en un choque violento, a las estructuras binarias del género y de la realidad social. Somos habitantes de fronteras y cuestionamos la ‘naturaleza’ con la que han querido segmentar nuestras vidas y controlar nuestros cuerpos. Las personas Trans retorcemos la categoría ‘sexo’ a través de nuestros cuerpos manifiesto, nuestros cuerpos intervenidos y desbordantes, la obligamos a desplazarse de su apariencia de naturalidad, de su apariencia de esencia, y la forzamos a hablar en lenguas ininteligibles que nos deslizan a través de posibilidades infinitas no limitadas a la normativa masculinidad/feminidad.
Desviarse del género puede ser una experiencia deseante. Puede constituir una experiencia empoderadora y liberadora, pero siempre es una experiencia sujetada a las restricciones binarias del género y al poder violento de las estructuras sociales heterocentradas. “La mayoría de las sociedades tratan de liberarse de sus desviados. La mayoría de las culturas han golpeado y quemado a sus homosexuales y otros que se han desviado de la normalidad sexual. Los raritos son el espejo que refleja el miedo heterosexual de la tribu: ser diferente, ser otro y por lo tanto inferior, por lo tanto sub-humano, in-humano, no-humano.” (Anzaldúa, 2004: 75).
La categoría ‘Trans’ es una categoría compleja, es una categoría de reivindicación política, pero también de dominación. Es también una categoría de asimilación. El sueño político de vivir en la frontera, de ser mitá y mitá, de eludir el binarismo, a veces resulta esquivo y las personas Trans, por efecto de haber sido socializadas en un mundo regido por la heterosexualidad, concurren en la reproducción del género al modificar sus cuerpos para fundirse y ‘pasar’ completamente desapercibidas como integrantes ‘naturales’ de un género u otro.
‘Trans’ es un desafío político encarnado a la normativa heterosexual y a la disputa por la autodeterminación de los cuerpos. Si bien no me identifico con esta categoría, la uso estratégicamente para oponerme a las prácticas de exterminio y control de los ‘raritos’ y las ‘rarezas’ sexuales, corporales y epistémicas, que desde los márgenes apuntan a la construcción de otros mundos y otros cuerpos, mundos extraños y a la deriva de la hegemonía heterosexual masculinista.
En Colombia las personas Trans son patologizadas, estigmatizadas y criminalizadas por el Estado y la sociedad. Hasta el año 1980 se penalizó la homosexualidad en el país y se castigaba con severidad el uso de prendas culturalmente connotadas como femeninas por parte de hombres. Los códigos penales de 1936 y el código nacional de policía de 1971, contenían decretos que legalizaban la punición de las desviaciones de género masculinas. Estos códigos abrieron el campo de la intervención penal como medida de aseguramiento y salvaguarda de la heterosexualidad de la nación, contra la amenaza contagiosa de las “locas”, las travestis y los homosexuales. (Bustamante, 2008)
Las ‘locas’ y travestis eran acechadas por la policía por medio de las ‘batidas’. Golpeadas, ultrajadas, violadas y silenciadas, las travestis y ‘locas’ eran consideradas la encarnación de la degeneración moral, la decadencia del pueblo colombiano, eran un escándalo vivo, eran ‘invertidos’, pecadores. Poco a poco por efecto de las luchas políticas y la incidencia de los sectores LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas) en algunas instituciones y estructuras del Estado, estas prácticas han ido reduciéndose pero aún persisten en la actualidad bajo nuevos mecanismos de poder y dominación. Los crímenes, asesinatos y violencias cometidas contra las personas Trans arrojan cifras alarmantes. Casos de violación, descuartizamiento y desaparición de Mujeres Trans se propagan en diferentes partes del país sin una reacción clara y contundente del Estado y la ciudadanía; violaciones correctivas contra hombres Trans cuando descubren su genitalidad femenina son sistemáticas, estas violaciones son sometidas a un silencio sepulcral por parte de los aparatos judiciales del Estado. Es sabido cómo las personas Trans desplazadas por el conflicto armado, social y político no son consideradas legalmente como víctimas por parte de los programas del Estado por no cumplir con la normatividad de sexo-género. Las personas Trans experimentan exclusión del sistema laboral y educativo, se ven sometidas a condiciones económicas precarias y muchas viven en la indigencia, realizan trabajos explotados y marginales como la peluquería y la prostitución, y son estigmatizadas como enfermas por el sistema médico o como armas biológicas que difunden el VIH-SIDA. (Colombia Diversa, 2011)
Transitar por el sexo y el género en una sociedad heterosexual, masculinista, clasista, racista y misógina como la colombiana es un acto criminalizado. La categoría ‘criminalización’ adquiere un sentido particular en nuestro contexto político y económico actual. En la medida en que el Estado avanza en la desprotección del bienestar y los derechos sociales de la población, por efecto de la ideología neoliberal de mercado, emerge simultáneamente el brazo ‘duro’ del Estado, su brazo punitivo, que se vale de la política criminal y penitenciaria para hacerle frente a los problemas ocasionados por las desigualdades económicas y las inequidades de redistribución.
La criminalización es un enfoque teórico y político (Davis, 2003. Wacquant, 2009) que ha permitido poner de manifiesto que los aparatos judiciales, la policía, los medios de comunicación, el sistema carcelario y la ideología, producen categorías de criminales que por sus atributos diferenciales y no dominantes en los órdenes de raza, clase, género y sexualidad, son convertidos en cuerpos castigables y objetos potenciales para ser devorados por el sistema carcelario. Quiere decir esto que el sistema penal y su aparato policial no siempre castigan el delito en sí mismo, sino que castigan sujetos y poblaciones sometidas con el objetivo de refrendar el orden económico y cultural de la sociedad neoliberal. El enfoque de la criminalización no niega que sujetos dominados cometan violencias graves y en ocasiones atroces, este enfoque desplaza el punto de vista de la responsabilidad individual de los sujetos en el crimen y la actividad delictiva y lo traslada a procesos sociales, relaciones de dominación y tecnologías de poder. La ‘criminalización’ afirma que el castigo penal y penitenciario no es una herramienta inocente para brindar “seguridad” a la sociedad, sino que es la expresión de un proyecto político excluyente que mantiene los privilegios de los sectores dominantes.
Las personas Trans son cuerpos castigados y castigables, constituyen poblaciones criminalizadas. Al ser expulsadas de los beneficios de ciudadanía y los beneficios de normalidad otorgados por el Estado, la familia y el mercado, las personas Trans viven vidas ilegalizadas, profundizadas por las marcas de la exclusión, la pobreza, la marginación urbana y la mendicidad. La policía continúa golpeando y asechando a mujeres Trans en determinados sectores de la ciudad; en las cárceles masculinas hay cientos de mujeres Trans que son, más de las veces, juzgadas por delitos de subsistencia; tras los muros de la cárcel son sometidas a tratos crueles y violentos que niegan la autodeterminación de sus cuerpos e identidades y las normaliza a través de terribles prácticas de masculinización, como lo es el corte de sus cabelleras o el impedimento del uso de maquillaje y hormonas. Las mujeres Trans son usadas como esclavas sexuales, violadas por sus compañeros de patio, obligadas a realizar trabajos de cuidado y privadas de sus visitas familiares e íntimas.
No considero que las personas Trans sufran de ‘discriminación’ en la cárcel. Los tratos violentos, correctivos y normalizadores que ejerce el sistema penal y judicial sobre las personas Trans no son discriminaciones, son prácticas de gobierno, exterminio y control que establece la sociedad y el Estado hetero-masculinista para “librarse de sus desviados” y obligarlos a acoplarse forzadamente a la cárcel binaria del género. Hay que sospechar de aquellas demandas del movimiento LGBT por abrir pabellones especiales para personas con identidades sexuales y de género no normativas, si bien pueden constituir soluciones temporales para estas personas, los efectos de la reforma al sistema carcelario pueden ser perversos y legitimar la criminalización de las personas Trans y a la cárcel como sistema reproductor de desigualdades sociales.
Mientras los discursos más audibles del movimiento LGBTI  en Colombia y en otras partes de América Latina, han hecho un especial énfasis en la consecución del derecho al matrimonio, a la adopción, la propiedad, el consumo y la penalización de los crímenes de odio; los derechos de redistribución económica y la crítica al capitalismo, la heterosexualidad obligatoria y su alianza con el sistema penal para el gobierno de la pobreza y las-os excluidas-os ha quedado muchas veces marginalizada.
La vida de las personas trans, gays y lesbianas de sectores populares y racializados se ha constituido históricamente en términos antagónicos con las prácticas normalizadoras de la policía y el sistema carcelario. Los legados de las luchas de las personas Trans por desmantelar la criminalización y oponerse al sistema carcelario deben animarnos, a activistas, académicas-os, grupos y agentes progresistas, a construir una conciencia de oposición y de movilización activa por la justicia social y la transformación radical de las estructuras de poder. Las luchas por la abolición del sistema carcelario desde una perspectiva travesti feminista no buscan reformar la cárcel para hacer ‘más incluyentes’ las condiciones aberrantes de la prisión. No se trata de afirmar las diferencias y hacer que la ‘diversidad’ sea respetada en las cárceles. Se trata de soñar y fantasear con mundos ‘raros’, excéntricos, libertarios que posibiliten la abolición de las opresiones desde una perspectiva radical.
Hay una tendencia de los movimientos sociales a dejar en manos de la política penal la solución de los conflictos políticos y sociales, es preocupante que no se cuestione el modelo de “democracia neoliberal autoritaria” que está detrás de la demanda de cárcel para los “racistas, homofóbicos, sexistas, etc”. Como lo planteó la antropóloga argentino-brasilera Rita Segato (2012), hay que despertar de esa fetichización de las leyes como la panacea de la política radical transformadora: “No hay que abandonar el campo del Estado, pero hay que corregir la visión que dice que totaliza la realidad. Si ponemos todas las fichas a ese frente vamos a perder. Las fichas hay que distribuirlas en los frentes en los que la gente vive, actúa y se relaciona. El Estado es un frente engañoso, uno entre muchos. En seguridad pública, por ejemplo, es un frente de exterminio. Por lo menos en Brasil [y otros países de América Latina] no hay voluntad política de corregir la violencia, sino que se lleva a la gente no blanca, pobre y no heterosexual a programas de exterminio en cárceles.”
En entrevistas de historial oral que realicé con mujeres Trans de la localidad de Bosa al sur de Bogotá me enteré que su lucha contra la cárcel del género y la cárcel física del penal en los años 80, las llevó a organizarse activamente en pequeños grupos para tumbar, voltear y boicotear las patrullas de la policía que hacían batidas y rondas en el sector. Ese espíritu de lucha y rebeldía contra los cautiverios del género y el sexo siempre nos ha caracterizado y conservar la autonomía para definir nuestros cuerpos, sueños e intereses ha sido un derrotero constante por nuestra autodeterminación. Somos cuerpos en fuga, de tacón alto y rímel corrido, luchadoras en las fronteras, excluidas de la ciudadanía, del Estado y la sociedad, somos rarezas incansables que cuestionan la normalidad, somos  “aves que no se asustan de animal ni policía. Y no le asustan las balas, ni el ladrar de la jauría, caramba y zamba la cosa, que viva “la loquería” (Fragmento de “Me gustan los estudiantes” de Mercedes Sosa).