Deseando lo imposible: una entrevista con Judith Butler

Por Ray Filar

25 de julio de 2014

Traducción de Las Disidentes del original en inglés Willing the impossible: an interview with Judith Butler.

Yo me enfrento al problema de una judía que no quiere ser representada por el estado de Israel, un estado que pretende representar a todos los judíos y me convierte en su potencial ciudadana.

No se puede decidir que la totalidad de una población no tiene derecho a vivir en el mundo. No importa si se trata de relaciones próximas o muy distantes, no existe el derecho a suprimir una población o a degradar su humanidad básica.


Más de 800 palestinos y 34 israelíes han muerto hasta ahora en la operación “Margen Protector”, mientras que ayer por la noche tuvo lugar en la Ribera Occidental la protesta más grande desde la segunda intifada en Cisjordania. Judith Butler habla sobre el conflicto Israel/Palestina y la solución de un estado único. Esta entrevista fue publicada por primera vez el 23 de julio de 2013.


Judith Butler.Parting Ways_0-2

Hoy en día, Judith Butler se ha acostumbrado a acusaciones inverosímiles. Entre otras cosas, ha sido llamada “idiota útil” para los antisemitas, partidaria del terrorismo y –ese viejo clásico–  una judía que se odia a sí misma.

Este tipo de denuncias rara vez se han levantado contra los filósofos post-estructuralistas. Sin embargo, la profesora “Maxine Eiliot” del Departamento de Literatura Comparada en la Universidad de California cuenta con una forma especial de renombre dentro de la academia. Su trabajo sobre el conflicto, el género y el estado-nación ha transformado radicalmente la manera en que pensamos la sociedad.

Y a diferencia de la mayoría de los demás teóricos, también aboga públicamente por el delicado y profundamente contencioso punto de vista, del judío anti-sionista. Debido a esto, cada movimiento público de Butler es analizado y perseguido por la censura. Su conferecia en febrero de 2013 en el Brooklyn College sobre el movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones recibió una reacción particularmente vociferante. El estrés, me dice Butler, la llevó a cancelar sus conferencias por un tiempo.

Parting Ways: Jewishness and the Critique of Zionism es la respuesta de Butler a los que colocan al anti-sionismo fuera de los límites aceptables del discurso judío. Con el intento de Secretario de Estado norteamericano John Kerry de revivir la solución de dos estados en Israel/Palestina en curso, Parting Ways cuestiona qué tipo de soluciones están en discusión. Desafiando la visión actual que es de una pobreza imperante, Butler ofrece un sistema ético en cambio, que sostiene las relaciones con los otros en el centro de lo que significa ser judío.

Argumentando en favor de una forma del binacionalismo, sugiere que un cambio de la “segregación” hacia la “convivencia” –a pesar de ser, ambivalente o fraccionado– es un mejor enfoque ético para Israel/Palestina. Ella llama a la transformación radical, a trabajar de la sociedad para uno y de regreso: una verdadera convivencia requiere un cambio personal y social en el tratamiento de las poblaciones marginadas.

Esta no es una solución romántica. “Las personas que esperan que la enemistad se convierta de repente en amor están, probablemente, utilizando el modelo equivocado”, dice Butler, “Puede ser una situación infeliz, puede ser miserable, puede ser ambivalente, puede incluso estar colmada de antagonismo, pero todo esto se puede agotar en la esfera política sin recurrir a la expulsión o al genocidio.Y esa es nuestra obligación.”

Cuando nos reunimos, Butler parecía cansada. Ella ocupa un lugar que es difícil y vulnerable a las falsas acusaciones. La profesora que se ha descrito como una “intelectual auto-consciente situada en el margen”, sin embargo, ha entrado en las líneas del fuego político de uno de los conflictos más importantes de nuestro tiempo.

RF: En la introducción a Parting Ways dices, tentadoramente, que por supuesto, tienes una historia personal, una historia familiar de pérdida durante el régimen nazi, y tal vez eso lo explorarás en algún momento, pero no es relevante aquí. ¿Por qué no?

JB: Bueno, es un problema. Yo no tengo un apellido judío, pero eso se debe a lo que sucedió en inmigración. La familia de mi madre fue asesinada en Hungría a principios de los 1940 y crecí con ese conocimiento y con una buena cantidad de desbordamiento traumático en mi familia de origen. Por un lado, digo que me da credibilidad y, como, oh, es un Judía, en realidad creció judía, es en realidad, ya sabes, una sobreviviente del Holocausto de segunda generación, lo que sea.

Pero ¿debo afirmar eso? ¿Eso me da más legitimidad? Es cuando me enfurezco. ¿Por qué tengo que hacer eso? No quiero venderme de esa manera. Quiero que mis argumentos sean buenos argumentos sobre la base de lo que realmente tengo que decir. Yo me enfrento al problema de una judía que no quiere ser representada por el estado de Israel, un estado que pretende representar a todos los judíos y me convierte en su potencial ciudadana. Que estoy segura de que ahora no me dejarían serlo, de todos modos.

RF: ¿Tal vez si te arrepintieras?

JB: Sí, un buen relato de conversión podría conseguirme algunos, como, eh… bueno, no recorreremos ese camino. Quería resaltarlo, pero yo no quiero explotarlo, si no he resaltado nada en absoluto, eso sería también un problema. La gente necesita saber quién soy y de donde vengo.

Muy a menudo me preguntan: “Bueno, ¿eres sionista?” Si dices que no, se asume que quieres la destrucción del Estado de Israel y que estás involucrado en un ataque violento real o potencial. Pero en realidad, podrías decir: “No sobre esta base”.

Nací sionista, porque no tenía otra opción al respecto. Fue el éter de mi vida familiar, pero sin duda rompí con ello mientras más preguntas hacía al respecto. Y eso no significa que quiera ver la destrucción de un pueblo, significa que quiero ver la estructura de un Estado que de forma más sustancial encarne los principios básicos de la democracia.

RF: ¿Por qué el tema de la convivencia es un hilo importante en todo el libro?

JB: Algunos políticos israelíes han propuesto la transferencia de los palestinos de lo que actualmente se denomina Israel, ya sea a los territorios ocupados, en Jordania, o a otras tierras árabes, con la idea de que no haya mezcla de palestinos y judíos israelíes o palestinos y las comunidades judías.

Pero la idea de segregación absoluta me parece lamentable. Y del mismo modo, si nos fijamos en el lenguaje de algunos de los escritos básicos de Hamas, está la famosa llamada a tirar a los israelíes al mar. Ahora, yo diría que la mayoría de los políticos palestinos en el terreno dicen, por supuesto no es lo que queremos, e incluso hoy en el seno del movimiento Hamas hay un debate sobre ese reclamo, pero hasta que no se retire la demanda, sigue siendo nociva.

Así que estoy tratando de pensar qué es lo que ocurre si quitamos de la mesa la expulsión para todo el mundo, y en su lugar pensamos en los derechos de quienes han sido expulsados, que incluirían no solamente los diversos derechos de los refugiados que llegaron a Israel después de la Segunda Guerra Mundial, sino también los de otros países, y los derechos de los palestinos que han sido despojados de sus tierras y hogares.

Necesitamos un entendimiento político y jurídico del derecho de los refugiados, en virtud del cual una solución para un grupo no produzca una nueva clase de refugiados –no puedes resolver el problema de los refugiados mediante la producción de un nuevo y potencialmente mayor problema de refugiados. Mientras que se entienda como una norma básica, lo cual me parece lógico y claro, entonces ese sería un punto de partida para reflexionar sobre la convivencia.

Fue Edward Said quien consideró que hay una cierta esperanza para el binacionalismo en el hecho de que, a pesar de que la historia de despojo y destierro de los judíos es muy diferente de la historia del despojo y el exilio de los palestinos, ambos tienen experiencias recientes y lacerantes que podrían permitirles llegar a un entendimiento común sobre los derechos de los refugiados, o lo que significaría vivir juntos con resonantes historias de ese tipo.

RF: En medio de esta discusión sobre convivencia dices: “Seguramente el binacionalismo no es amor, pero hay, podríamos decir, una unión necesaria e imposible que hace burla de la identidad, la ambivalencia que surge del descentramiento del ethos nacionalista y que constituye la base de una permanente exigencia ética.” Así que hay una exigencia ética en la que nosotros no elegimos con quien convivimos, y también que si produce una ambivalencia, es simplemente algo que tenemos que aceptar.

JB: Eso es correcto. Las personas que esperan que la enemistad se convierta de repente en amor están, probablemente, utilizando el modelo equivocado. Creo que lo que Hannah Arendt quería decir cuando dijo que “no podemos elegir con quien cohabitamos el mundo” es que todos los que habitan en el mundo tienen derecho a estar aquí en virtud de estar aquí. Estar aquí significa que tienes derecho a estar aquí. El punto que ella está plateando, por supuesto, es que el genocidio no es una opción legítima. No se puede decidir que la totalidad de una población no tiene derecho a vivir en el mundo. No importa si se trata de relaciones próximas o muy distantes, no existe el derecho a suprimir una población o a degradar su humanidad básica.

¿Qué significa entonces vivir con otros? Puede ser una situación infeliz, puede ser miserable, puede ser ambivalente, puede incluso estar colmada de antagonismo, pero todo esto se puede agotar en la esfera política sin recurrir a la expulsión o al genocidio. Y esa es nuestra obligación, permanecer en el ámbito de la furia asesina que tenemos, sin actuarla.

RF: Para extrapolarlo ligeramente, ¿si los israelíes aceptaran esta ambivalencia, sería una forma de pensamiento transformador para ellos? 

Bueno, creo que algunos de ellos en realidad lo hacen. Hay espacios donde la gente común, más o menos, comparte sus barrios. En la ciudad de Haifa, hay comunidades enteras que están más o menos integradas. Pero, por supuesto, eso es con los israelíes palestinos que han, en su mayor parte, aceptado ciertos tipos de modelos cooperativos y, además, han aceptado ser ciudadanos de segunda clase.

Hemos de tener una fuerte crítica a los modos de cooperación que perpetúan la desigualdad. Queremos modos de convivencia y de solidaridad –algunos lo llaman coexistencia– que busque transformar todas las dimensiones, de modo que tengamos una verdadera equidad política y económica, y tengamos el fin de la ocupación, y tengamos alguna manera razonable de honrar el derecho al retorno.

RF: ¿Entonces Parting Ways es un llamado a la transformación?

JB: Creo que lo es. Hay tres llamadas básicas que termino haciendo, que vienen de activistas palestinos o académicos que han estado trabajando con este tema durante mucho tiempo. La primera es establecer una firme base constitucional de igualdad de todos los ciudadanos, independientemente de cuál sea su religión, o su origen étnico o raza.

La segunda llamada es una llamada a poner fin a la ocupación, que es ilegal y la extensión de un proyecto colonial. A mi juicio la Ribera Occidental y la Franja de Gaza están colonizadas, aunque Gaza no está ocupado de la misma manera que la Ribera Occidental. El gobierno y el ejército israelíes controlan todos los bienes que pasan en o fuera de la zona, y han restringido el empleo y los materiales de construcción que le permitirían a los palestinos reconstruir sus casas y las estructuras que fueron destruidas por los bombardeos.

La tercera llamada es, probablemente, la más controvertida, pero creo que se debe pensar seriamente acerca de cómo debe conceptualizarce el derecho al retorno, y cómo ese derecho debe ser honrado, ya sea mediante el reasentamiento o la compensación. Algunos planes incluyen una vuelta a las zonas donde las personas vivían, no necesariamente a la casa exacta en la que vivían.

Pero las personas que se han quedado apátridas por la ocupación militar tienen derecho a la repatriación, y entonces la pregunta es ¿en qué Estado o entidad política o en qué área? A los que se les han quitado sus bienes tienen derecho a una compensación de algún tipo. Estas son leyes internacionales básicas.

RF: En el capítulo final citas un poema de Mahmoud Darwish que dice: “una vida posible es la que quiere lo imposible.” Describes esto como una paradoja –¿podrías explicarlo?

JB: Bueno, hay personas que creen en la realpolitik y que dicen: “Nunca será un estado, nunca habrá equidad, nunca habrá paz…no te engañes. Si deseas ser diplomático, sé realista y ve que ajustes se pueden realizar en el régimen actual”.

Entonces pienso, está bien, ¿qué pasaría si viviéramos en un mundo en el que nadie luchara por la posibilidad de una igualdad política sustancial, o de un cese total de las prácticas coloniales –si nadie luchara por esas cosas porque son imposibles? La gente se mofa cuando mencionas el derecho al retorno. Estuve en una reunión palestinos e israelíes, donde la gente decía: “eso nunca sucederá”. Así que dije: “bueno, no retiremos la idea de la mesa”.

De hecho, en la política, a veces las cosas que nunca sucederán realmente empiezan a suceder, y tiene que haber gente que luche por eso, y que acepten que son idealistas y que operan en principio en contraposición a la realpolitik. Si no hubiera tales ideales entonces toda nuestra sensibilidad política se corrompería en este proceso.

Y tal vez uno de los trabajos de la teoría o la filosofía es elevar principios que parecen imposibles, o que tengan la condición de lo imposible, sostenerlos y desearlos, incluso cuando parece muy poco probable que alguna vez vayan a ser realizados. Pero eso es bueno, es un servicio.

¿Qué pasaría si viviéramos en un mundo donde nadie hiciera eso? Sería un mundo empobrecido.

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