Reconocimiento, empoderamiento, cooperación y ética del cuidado

Una forma nueva de construir las masculinidades

Por. Alberto Gómez Susaeta. (Sociólogo)

Publicado originalmente en http://www.omlem.org/

En un momento determinado del siglo XX se estableció que la mujer era la gran desconocida de la humanidad y se decidió hacer frente a esa situación de olvido investigando sobre ella. Más tarde, se pasó a considerar que el hombre, en contra de lo que se creía, era también otro desconocido (Badinter, 1993).

Y era desconocido, sobre todo, porque cuando se hablaba de él se referían a un solo modelo o concepción de hombre (la del hombre de la masculinidad hegemónica del patriarcado). Pronto surgió el apelativo de Men’s studies (Estudios de hombres). Hay quienes lo aplican sólo a aquéllos que abogan por una unión de los hombres contra el sexismo y contra un modelo patriarcal de la masculinidad. Sin embargo, con Jociles (2001), parece más razonable utilizarlo en un sentido más amplio, para designar a todos aquellos estudios que encaran el abordaje de la masculinidad como una cuestión de género. No se puede negar que las relaciones entre los hombres han sido objeto de estudio (en la política, en determinadas instituciones, en el impacto que han tenido sobre las mujeres), pero raras veces vez lo han sido desde la perspectiva del género. Los Men’s studies han confirmado el carácter relacional de la masculinidad: lo masculino se define socialmente y, ante todo, frente a lo femenino.

Antes del siglo XVIII, las mujeres eran vistas como diferentes de los hombres, pero como seres incompletos o ejemplos inferiores del mismo tipo (por ejemplo, con menos facultad de razón). Por tanto, mujeres y hombres no fueron vistos como portadores de caracteres cualitativamente diferentes hasta el siglo XIX con la ideología burguesa. En cualquier caso, nuestro concepto de masculinidad parece ser un producto histórico bastante reciente, como máximo con unos cientos de años de antigüedad.

¿Y cuáles serían algunas características básicas de esta “identidad masculina” hegemónica (o más socialmente aceptada)? Según Jociles (2001), “hacer valer la identidad masculina es, ante todo, convencerse y convencer a los demás de tres cosas: que no se es bebé, que no se es homosexual y, principalmente, que no se es mujer”. También se apela a veces a las mujeres a no comportarse como hombres, pero parece mucho más grave que un hombre se comporte como mujer (mostrando, por ejemplo, sus emociones) o insultar a un hombre diciéndole que “se comporta como una mujer” o que es “afeminado”.

Esta característica puede intuirse ya en la separación brusca de la madre y del mundo femenino que caracteriza a muchos ritos de masculinidad. Además, “el hacerse hombre es concebido socialmente, de forma implícita o explícita, como un proceso más problemático que el hacerse mujer, como un proceso, además, que no se produce de manera automática sin el esfuerzo del propio individuo y/o de la sociedad” (Jociles, 2001).

Ante esta definición de la identidad masculina desde sus principales antónimos (bebé, homosexual y mujer), Jociles (2001) insiste en tres “imperativos morales” o características de la masculinidad: el hombre ha de ser proveedor, preñador y protector. Si cumple con estas funciones, el hombre será premiado con la valoración social, o reprobado por el entorno en caso contrario. Al varón se le desafía permanentemente para “demostrar que se es hombre'” (Badinter, 1993). En el caso de que el varón, por su edad temprana, no pueda (o no deba todavía) cumplir con las funciones anteriormente citadas, abundan las situaciones y los contextos (como los deportes, en especial los de riesgo, las peleas entre pandillas, las borracheras, los espectáculos de toros, ciertos juegos o determinadas situaciones festeras, para poner unos casos) en donde los jóvenes y adolescentes tratan de “demostrar” públicamente su virilidad.

En general, se expresa que las masculinidades no están determinadas biológica y/o psíquicamente, sino que tienen que ser entendidas como prácticas y representaciones sociales cuyo único punto en común es que tienden a justificar la dominación del hombre (Jociles, 2001). Según esto, a pesar de las diferencias descubiertas en las nuevas masculinidades, la dominación del hombre quedaría como punto central de la masculinidad.

Las nuevas masculinidades que han surgido con más fuerza en los tiempos recientes pueden ser muchas y variadas y algunas de ellas guardan cierta relación con las identidades y opciones sexuales de los hombres. Una de ellas es la homosexualidad, considerada como una enfermedad para la OMS hasta hace solamente unas décadas, que en 1990 se retiró de esta lista (Rafael, 2009). Y todavía hoy es considerada así por mucha gente en la mayoría de países. No es fácil todavía “salir del armario” a las personas homosexuales por los obstáculos y amenazas que enfrenta o puede enfrentar al hacerlo. Pero es cierto que cada día más gente lo hace. Con o sin internet. En un estudio realizado en Chile sobre nuevas masculinidades en internet (Silva, 2006), el autor se centra en el caso de bisexuales y de los llamados Osos gays. En los anuncios de internet, aparecen anuncios donde se aprecia la figura del bisexual, que se considera heterosexual, pero que busca una relación con personas heterosexuales (hombres no afeminados). Desde la identidad masculina hegemónica, se buscan relaciones homosexuales, aunque se habla más de fantasía que de bisexualidad, tal vez por estar ésta considerada una postura marginal. En el caso de los Osos gay podemos ver cómo aparece una identidad gay desde elementos estéticos y cotidianos que anteriormente se consideraban exclusivos del mundo heterosexual (Silva, 2006).

Otra nueva masculinidad se encarna en el “metrosexual”. Al cambiar la imagen tradicional del hombre, ahora ya no tan ruda o tan asociada con la fuerza, emerge la metrosexualidad. El neologismo “metrosexual” proviene del homónimo Según Mark Simpson, el periodista inglés que acuñó el término anglosajón metrosexual, el metrosexual se puede definir de la siguiente manera: “El típico metrosexual es un joven con dinero para gastar, que vive en la ciudad, donde están las mejores tiendas, clubs, gimnasios y las mejores peluquerías. Puede ser oficialmente gay, heterosexual o bisexual, pero esto no tiene tanta importancia porque se ve a sí mismo como su propio objeto de deseo y placer. De profesiones liberales como modelos, medios de comunicación y productoras o músicos pop y, ahora, también deportistas, saben que atraen, aunque la verdad sea dicha, lo mejoran con productos cosméticos masculinos”. (Simpson, 2002). El metrosexual retoma elementos de la cultura estética de los gays, aunque no lo sea y aunque le suponga costos (gimnasio, vestuario, productos y servicios de belleza, operaciones de cirugía estética, etc.). De hecho, los primeros metrosexuales vieron cuestionada su orientación sexual en los primeros años de este fenómeno. La anterior imagen exterior gay, más similar a la imagen femenina o una desvirtuada de lo masculino, se ha convertido ahora (adoptada por famosos personajes del deporte y el espectáculo) en una masculinidad socialmente aceptada y valorada, compatible con los ideales de virilidad, heterosexualidad y éxito profesional, social, económico y sexual” (Díaz, 2006). Esto nos invita a pensar que las masculinidades socialmente aceptadas no son estáticas y que pueden darse cambios, también hacia sistemas más equitativos y tolerantes.

    No se agota aquí el análisis de las nuevas masculinidades, pues cada vez las opciones sexuales y las masculinidades son más variadas en el mundo que nos ha tocado vivir en el siglo XXI. Pero lo importante es que desde todas esas masculinidades se contribuya a buscar relaciones con las mujeres que eviten la dominación, la subordinación o la marginación. Y que también esas nuevas formas de relacionarse se apliquen a las relaciones entre hombres. La propuesta que presento se basa en cuatro conceptos o principios fundamentales.

2. El reconocimiento: una actitud hacia otras personas

    Como actitud filosófica, en relación con otras personas, parece preferible optar por la admiración, antes que por el miedo o el rechazo (“el infierno son los otros”, que decía Sartre). Un miedo que se puede traducir en agresión, una reacción típica de los hombres, o en sumisión. Esta actitud de admiración hacia los demás es coincidente con la que originó la filosofía (admiración ante la realidad y preguntas por los porqués) y evidentemente traerá más beneficios al conjunto de la humanidad que la opción contraria expuesta. Reconocer al otro, ir más allá de uno mismo, o si acaso, desarrollar un egoísmo altruista, que sea capaz de ver que la mejor forma de ser feliz es buscar también el bien de  las personas que te rodean y de los/as demás. No cabe duda de que el sentido común (más allá de lo que afirma la doctrina budista) nos dice que el odio, el deseo de venganza u otras sensaciones negativas hacia los demás sólo traen consecuencias negativas para aquellas personas que las sienten.

    Si seguimos a Axel Honneth, considerado como la figura más relevante de la tercera generación de la Escuela de Frankfurt, podemos destacar tres tipos de reconocimiento, que son la otra cara de la moneda de tres manifestaciones de menosprecio: reconocimiento de la integridad física de la persona, que tiene que ver con la valoración y respeto del cuerpo ajeno (amor, amistad); reconocimiento como miembro de una comunidad jurídica que tiene todos los derechos y todos los deberes sin distinción de sexo, religión, capacidad económica, etc. (derecho); y reconocimiento de las diferentes formas de vida, culturas o creencias (solidaridad, tolerancia). Esta tipología nos ayuda a entender mejor qué es el reconocimiento. Si el ser humano solo se constituye como tal desde la interrelación con otras personas, el reconocimiento es, para Honneth “elemento fundamental de constitución de la subjetividad humana”, por lo que “la ausencia o falta de reconocimiento, o el mal reconocimiento o reconocimiento fallido, se constituirá como el principal daño a la subjetividad de las personas” (Tello, 2011). Reconocer a la otra persona supone también establecer una verdadera comunicación, que se acerque lo más posible a las situaciones ideales de habla que plantea Habermas para la comunicación dentro de las colectividades humanas, y una verdadera libertad comunicativa para pedirnos cuentas entre humanos por los compromisos y responsabilidades que asumimos en la ejecución de lo que nos hacemos unos a otros y otras y a la naturaleza. Una verdadera comunicación es la que nos ayude a construir una teoría consensual de la verdad y de la justicia (como posteriormente sugiere Rawls).

Reconocer significa respetar y ser tolerante con los/as demás, desde una concepción de tolerancia que ya se defendía en el liberalismo de Stuart Mill. En su libro Sobre la libertad se resalta claramente cómo las personas deben ser respetadas en el ejercicio de su libertad, siempre que dicho ejercicio no cause perjuicios a los demás. En este sentido, por ejemplo, el libre ejercicio de la sexualidad entre dos personas que aceptan libremente dichas prácticas no puede ser considerado ni como delito ni como acto moralmente reprobable, que implique consiguientes discriminaciones o rechazo social. Hace ya más de un siglo desde que Mill nos expuso lo fundamental de su teoría del liberalismo (no confundir con el liberalismo económico)… Pero todavía hay demasiada gente (hombres y mujeres) que no acepta determinadas opciones sexuales o de comportamiento en general en hombres y mujeres.

Hay que ser tolerantes con las demás personas, sí. Pero, como se dice, seré tolerante con determinada persona cuando ésta deje “de pisarme” y me levante el pie del mío. La imagen es muy gráfica y describe bien metafóricamente muchas realidades de la vida. Es decir, en este caso (alguien que pisa a otro/a) quien debe ser tolerante es la persona que pisa. Ella es quien debe respetar el espacio y el “derecho ajeno”. Y sólo después de que “me respeten”, podremos hablar de respeto mutuo. Sin embargo, hay quien calla ante la explotación, quien sufre en silencio, sin buscar apoyos ni reaccionar. De ahí la importancia de la asertividad y del empoderamiento.

3. El empoderamiento: una actitud ante uno/a mismo/a

El empoderamiento evidentemente tiene que ver con las relaciones y con el poder, pues este forma parte de su definición y del meollo del problema que trata de superar. Pero el objetivo real del empoderamiento, centrado en uno/a mismo/a, no es tener más poder (económico o de cualquier otro tipo) que el “vecino” o tener poder sobre otras personas. Aunque es cierto que también el empoderamiento toca a decisiones políticas y sociales en donde estamos todas/os involucradas/os, el poder subyacente al empoderamiento se refiere fundamentalmente a la “habilidad personal para elegir”, tal como expresan algunas de las definiciones más claras de empoderamiento. Para Sarah Mosedale, el empoderamiento no es sino el “proceso por el cual las mujeres redefinen y extienden lo que es posible para ellas (desear, ser y hacer) en situaciones donde ellas tenían restricciones, en comparación con los hombres, para ser y hacer lo que deseaban” (Vázquez, 2009). Es una definición algo amplia pero bastante parecida a la de Nayla Kabeer: “expansión de la habilidad de las personas para hacer elecciones vitales estratégicas en contextos donde tal habilidad les había sido negada previamente” (Vázquez, 2009).

Hemos visto que en la primera definición expuesta se habla del “empoderamiento de las mujeres”, mientras que la segunda deja la puerta abierta a que este concepto pueda aplicarse también a los hombres. Esta “habilidad de elegir” es la que debería restituirse para muchas personas que, por sus condiciones económicas, culturales, religiosas o de sexo, tienen dificultades reales para poner en práctica libremente sus elecciones y decisiones. Normalmente se ha aplicado este concepto de análisis a las mujeres, por su situación especial de subordinación y/o marginación. En el caso de los hombres, si bien es cierto que el patriarcado les otorga bastantes “privilegios de género” también les trae consigo ciertas “imposiciones” y costos (la escasa preocupación por la salud de los hombres, el no participar y disfrutar de su condición de padres, el dolor provocado por el desempleo, el dolor en la vida de los hombres que ejercen violencia, entre otros) en torno a sus “elecciones vitales estratégicas”.

La salida “fácil”, diferente del verdadero empoderamiento, es la de ejercer “dominación sobre los demás”, sobre quien pueda o en la medida que pueda. Esto se aleja de lo que propone Moser (1993) para el empoderamiento, como una capacidad dirigida específicamente a aumentar nuestra propia independencia y fuerza interna, más que a aumentar el poder sobre otras personas. Aparte de lo ya dicho sobre el empoderamiento, se resalta que este es un asunto relacional. Y eso no es solamente porque “perdemos” el poder para tomar nuestras decisiones en relación con los demás o porque nos empoderamos normalmente en relación con otras personas, compartiendo y aprendiendo de otras experiencias, sino porque la organización (y la cooperación dentro y desde ella) es una llave clave para el empoderamiento individual y colectivo. Que “la unión hace la fuerza” se ha sabido siempre y nos lo indica el sentido común. Por tanto, cuando hay mayor fuerza hay mayor poder para negociar y para conseguir objetivos a favor de la igualdad de derechos y oportunidades y a favor del ejercicio de la libertad de cada quien.

4. La cooperación: una actitud para obrar conjuntamente con otros/as para un mismo fin

Así como es preferible la admiración al miedo o al rechazo en nuestra relación con los/as demás, es preferible enfatizar la cooperación antes que la competencia. Aunque parece que se está remando en la dirección contraria en la realidad cotidiana. Ya Kropotkin (1902), cuando los darwinistas sociales parecían extender su opinión como algo científico, decía que, en la naturaleza, además de la lucha por la existencia entre especies y al interior de las especies, “se observa al mismo tiempo, en las mismas proporciones, o tal vez mayores, el apoyo mutuo, la ayuda mutua, (…) de manera que se puede reconocer la sociabilidad como el factor principal de la evolución progresiva”. Como escribí yo mismo en la página que administro de la organización de cooperantes a la que pertenezco: “En un mundo donde se valora y se estimula crecientemente la competencia, es urgente recordar que la cooperación ya jugó un papel importante en la historia de nuestra especie, por mucho que los darwinistas sociales no quieran o puedan verlo. Es urgente recordar que también la cooperación está llamada a ser un factor clave en la superación de los graves problemas (humanos y ambientales) que se nos avecinan en el futuro” (APC, 2011). Y es que, a la vez que el ser humano ha desarrollado medios tecnológicos y ha realizado destrucciones inigualables (del medio, de otras especies y entre humanos), hay que reconocer con el psicobiólogo Michael Tomasello (2010), que: “Los homo sapiens están adaptados para actuar y pensar cooperativamente en grupos culturales hasta un grado desconocido en otras especies”.

En las calles y cruces de Managua (Nicaragua), cuando los semáforos dejan de funcionar (por desgracia, un hecho demasiado frecuente), se desarrolla una “dinámica de grupo” de la vida real donde puede observarse cómo los deseos de “ganar yo” a cualquier “precio” desemboca en un caos de vehículos atascados donde pierde la gran mayoría, que sufre el atascamiento colectivo y la pérdida de tiempo (y de la paciencia). En casos como este, se da uno cuenta (a pesar de que parezca inconcebible que a los otros no se les haya ocurrido que todo irá mejor, si primero pasan los de un lado, luego los del otro…)  de la importancia de la cooperación y de la importancia de la valoración conceptual y práctica de la posibilidad del “yo gano, tú ganas”. Un “yo gano, tú ganas” que debe ser aplicado a la relación entre hombres y mujeres, y también por qué no a las relaciones entre hombres.

5. Nuevas masculinidades que asuman la ética del cuidado

Fue Carol Gilligan (1985) quien definió el modelo masculino a partir del concepto de la ética del logro, mientras que la identidad de género femenina se caracterizaría por la ética del cuidado, que no se centra tanto en la conciencia y satisfacción de los deseos personales como en el cuidado y satisfacción del deseo de las personas que nos rodean. Hay incluso quien define “la identidad masculina como una identidad cuyo narcisismo está centrado en el “yo”, en la satisfacción de unos deseos de los que se es consciente o en la obtención de metas” (Hernando, 2007). La ética del cuidado se atribuye cultural y mayoritariamente a las mujeres. Sin embargo, estas dos diferentes éticas pueden ser intrínsecas al hombre o a la mujer, y no solo a uno de ellos por el mero hecho de nacer biológicamente hombre o mujer.

¿Y cuáles son esas metas o logros que se han planteado los hombres en la historia? Por desgracia, los hombres que han dirigido y dirigen los destinos de las naciones han llevado a estas en demasiadas ocasiones por el camino del enfrentamiento, la violencia y la destrucción. Como dice el preámbulo de la constitución de UNESCO: “Puesto que las guerras nacen en las mentes de los hombres, es en las mentes de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. También nacen en la mente de los hombres (y de las mujeres) las concepciones patriarcales de inferioridad y subordinación de las mujeres y las discriminaciones de todo tipo. La labor educativa y cultural al respecto se hace imprescindible. Aquí es donde encajan los planteamientos que hacen hombres y mujeres preocupados por la igualdad de género sobre las nuevas masculinidades y sobre la posibilidad y necesidad de alianzas entre colectivos feministas y hombres que sientan las injusticias existentes en el sistema patriarcal y productivista actual. Urge la construcción de una nueva masculinidad que no olvide la ética y la capacidad de cuidado (en relación con todas las personas y con el resto de seres vivos) y que favorezca la creación de alianzas cooperativas que busquen y promuevan la equidad. Una nueva masculinidad que no olvide que la realidad de los roles de cuidados (tal como estos son asignados a las mujeres en el planeta, para el cuidado de hijos/as, ancianos/as y otros familiares) se convierte en un serio obstáculo real al logro de la autonomía de las mujeres.

En conclusión

En las relaciones interpersonales son importantes tanto la visión y actitud que se tiene ante otras personas (reconocimiento) como la visión y actitud que se tiene ante uno/a mismo/a (empoderamiento). Una persona con baja autoestima, por ejemplo, no se comportará de igual manera que otra con la autoestima alta, en su relación con los demás (aunque es evidente que, si miramos al pasado, también los niveles de autoestima personal provienen de los/as otros/as, según se afirma desde la teoría de los demás como espejos). Por otro lado, tampoco nuestro comportamiento será igual si simpatizamos de la doctrina de Rousseau (“el hombre es bueno por naturaleza”) o de la doctrina de Hobbes (“el hombre es un lobo para el hombre”). Tras estas concepciones y actitudes ante nosotros/as y ante los demás, queda el interrogante sobre cuál será nuestra orientación para actuar: en contra o en colaboración con los demás en los diferentes ámbitos de la vida. Aunque no siempre haya “reconocimiento” a los derechos y potencialidades de las personas (véase mujeres u otros integrantes de la familia), es cierto que casi todos/as normalmente desarrollan comportamientos cooperativos en su núcleo familiar más íntimo. Sin embargo, hay notables diferencias en cómo nos relacionamos con los demás (cooperación o competencia), más allá de estos ámbitos, donde el altruismo y la cooperación no suelen ser la norma.

Las categorías del título de este ensayo tienen concreciones en las relaciones humanas y en las relaciones que establecen las sociedades con el medio ambiente, pues también en este ámbito se echa mucho en falta la presencia de la ética del cuidado y los planteamientos que ha hecho el ecologismo y el ecofeminismo. Por ello, estas cuatro categorías pueden ser vistas desde los análisis de masculinidades y de género y pueden y deben ser incorporadas a las nuevas formas de vivir nuestra masculinidad.

BIBLIOGRAFÍA CITADA

– APC, portada de la web de Asociación Profesional de Cooperantes.

– Badinter, Elisabeth (1993), XY: la identidad masculina. Madrid, Alianza.

– Gilligan, Carol (1985), La moral y la teoría: la psicología del desarrollo femenino, FCE, México.

– Hernando, Almudena (2007), “Sexo, género y poder. Breve reflexión sobre algunos conceptos manejados en la arqueología del género” en Complutum, Vol. 18. Pp. 167-174. Madrid. Universidad Complutense.

– Jociles, M. J. (2001) “El estudio sobre las masculinidades. Panorámica General” en Rev. Gazeta de Antropología, Nº 17, Artículo 27, Universidad de Granada

– Kabeer, N.  Tomado de Vázquez, Norma: Las escuelas de empoderamiento,

– Kropotkin, P. (1989), El apoyo mutuo, Ediciones Madre Tierra (de la edición inglesa original de 1902). Tomado de¿Por qué cooperamos?, 2011, Paco Puche.

– Moser, C. (1993), Gender Planning and Development: Theory, Practice and Training. Routledge. Londres. Tomado de Directrices y guía sobre la igualdad entre hombres y mujeres (OCDE), MAE, 1998, pág. 87

– Rafael, P. (5 junio 2009), Sanidad mantiene la definición de homosexual como enfermo, en Público

– Silva, Devanir da (2006), “Deseos públicos e identidades privadas. Internet, género e identidad sexual masculina en Chile. El caso de los avisos personales del diario La Nación”, en Rev. Gazeta de Antropología, Nº 22, Artículo 36, Universidad de Granada

Disponible en internet (16 de diciembre de 2013):

– Simpson, Mark (22 julio, 2002), “Meet the metrosexual”, en Independent on Sunday. Disponible en internet (16 de diciembre de 2013):

– Tello, Felipe H. (2011), “Las esferas de reconocimiento en la teoría de Axel Honneth”, en Revista de Sociología, Nº 26, pp.45-57. Disponible en internet (16 de diciembre de 2013):

– Tomasello, M. (2010). ¿Por qué cooperamos?, Katz Editores. Tomado de ¿Por qué cooperamos?, 2011, Paco Puche.