Querida Avelina por Pablo Helguera

Originalmente publicado en CAÍN

Dios quiera que se nos recuerde con tristeza, pero sin odio

Carlota de Habsburgo

Querida Avelina,

No nos conocemos, pero voy a tutearte porque creo que así te hablaría si nos viéramos en persona. No me dirijo a ti sin cierta trepidación: sé que el sólo hecho de escribirte una carta pública a muchos les parecerá una especie de acto amoroso o de elevación infundada y calculo que varios me retirarán la palabra para siempre. Por otra parte, dado que vivo fuera de México, y eso para algunos significa que no tengo idea de lo que está ocurriendo en los debates locales y que por ende no debería tener vela en el entierro, he decidido arriesgarme a tales críticas porque ya no aguanto las ganas de escribirte.

He seguido con enorme fascinación tus declaraciones de “hartismo” sobre la falsedad del mundo del arte, sobre el complot que se ha venido gestando por Duchamp & Co. estos últimos 100 años para tomarle el pelo a la gente con el arte que denominas “contemporáneo VIP”; de cómo México es víctima de la imposición colonial de Art Basel y Charles Saatchi y cómo todos hemos capitulado ante un mercado del arte cada vez más frívolo y dedicado a enaltecer el ego de coleccionistas ricos e ignorantes. Por otra parte, confieso que me ha fascinado aún más la reacción de muchos de mis colegas, amigos y conocidos, quienes han respondido a tus múltiples ataques con desprecio e insultos, pero sobretodo con indiferencia. Por ello, creo que es hora de analizar lo que está pasando.

En México la educación artística –tanto del artista, como del público– ha estado en bancarrota desde hace décadas. Es un hecho del que todos tenemos que responsabilizarnos: no es posible esperar a que un puñado de artistas y curadores que sí lograron sobrellevar esta carencia se encarguen de educar a todo un país, ni el público debería pretender que el arte es algo que se aprende como inhalar una espora, sin hacer el menor esfuerzo intelectual. Pero, haciendo a un lado este trágico hecho, como parte de esta bancarrota surgió el fenómeno de interpretar las cosas que ocurren en el arte actual, no de forma racional o crítica, sino a la manera de un debate entre teologías.

La confusión que existe en relación a las ideas del arte conceptual/procesual ha ocasionado, en parte, que ciertos artistas y críticos reviertan los valores estéticos familiares que se remiten, más o menos, al salón de la academia francesa de 1863. Como bien sabrás, los artistas rechazados por el salón, ese año, formaron el salón des refusés que dio origen al modernismo. Ahí comienza la tradición, me parece, que tanto aborreces: aquel virus similar al ébola que viajó desde Manet a Duchamp, culminando en Broodthaers y luego en Warhol, en Beuys y desafortunadamente también en gente como Damien Hirst –cuya obra no me interesa, y considero que no es representativa en absoluto de las ideas y los intereses que tiene mi generación artística, ni dentro, ni fuera de México–. Desafortunadamente, el arte que se ve desde fuera y sin conocimiento de causa es el arte de mercado, y me temo que aquellos como tú que tratan de explicar el arte contemporáneo a través de éste están, básicamente, tratando de entender la biología marina a través de la industriza de cruceros. Ya llegará el día en que esto cambie y podamos trascender el sensacionalismo y penetrar las capas de glamour y estupidez que nos impiden entender lo que verdaderamente está aconteciendo en este momento, y que considero es de gran relevancia.

Analicemos las repercusiones de un hecho concreto: el arte moderno desplazó de las instituciones al arte académico. Como sabemos, eso ocurrió al irse presentando los pequeños episodios de la modernidad –las revoluciones, las guerras mundiales, el holocausto–, esos eventos que hacen que un artista quiera elaborar arte de su momento para entender su presente, en lugar de autoexiliarse y replicar el arte de siglos anteriores.

A la par de este inconveniente desplazamiento, los artistas en todo el mundo (no sólo en México), que se suscriben a la estética de 1863, formularon una lógica de teoría de la conspiración acerca de su exclusión en museos, concluyendo que aquellos que “no saben dibujar” no permitirían que los artistas con entrenamiento académico tomaran su lugar.

Te confieso que mi entrenamiento original es académico (sí sé dibujar) y que a mí me fascinan los artistas académicos como a ti (aunque sospecho que por diferentes razones). De hecho, hace unos cuatro años mostré un salón realista, sin ironía, a través de entrevistas a pintores que se identifican con el realismo académico. Muchos de estos artistas están conscientes de lo que hoy es el arte, pero han decidido entablar un diálogo con Velázquez. Su resentimiento con el mundo del arte es profundo y álgido. Aspiran, en el mejor de los casos, a ser rebeldes reaccionarios, como en su momento lo fueron Andrew Wyeth y Edward Hopper, artistas considerados por Clement Greenberg como kitsch. Esta definición, que en general se aplica como un insulto, ha sido aceptada como un cargo honorable por uno de los líderes de la pintura académica. Este líder, un artista que seguramente amas o amarás, es Odd Nerdrum, y ha declarado que el kitsch es la nueva vanguardia. En una especie de manifiesto en su página web, Nerdrum afirma:

Te saludo, artista talentoso que quieres conseguir la sinceridad en tu obra. Eres un extranjero de tu tiempo, pero ¡no te desanimes! Sé que el arte te incomoda; te has vuelto un esclavo bajo una aristocracia de incompetentes. El arte nunca fue algo para alguien como tú. El arte tiene su justificación, el artista sin talento necesita comodidad, pero también la necesitas tú. Has estado apenado por tu condición por demasiado tiempo. Mientras el artesano sólo aspire a la derrota, se habrá hecho una gran injusticia. Toma esto en cuenta: sin ti como el que garantiza su yugo, la incompetencia del arte no vale nada. El dinero y el honor de esos artistas te pertenece, de manera que ¡tómalo! Pon fin a la humillación, salva al arte de su caída a la devaluación total. El siglo XIX fue el crepúsculo del talento; toma parte en su amanecer. A través del Kitsch el artista talentoso se puede salvar. Es una nueva disciplina en la que el talento puede encontrar una superestructura; una superestructura que le sirve al genio de la habilidad. No permitas que el arte retenga su autoridad moral sobre la habilidad.

Considerar la propuesta de Nerdrum es tentador. Lo que necesitaríamos en ese caso, realmente, es un museo de arte kitsch, en donde podrían exponer todos aquellos artistas que se quejan de no recibir exposiciones en el MUAC, en Jumex o en el Tamayo. En realidad eso ocurre ya en otros países, que tienen sus sistemas de academia, sus galerías y museos que apoyan al arte presalón de 1863. Por ejemplo, creo que el museo Soumaya podría ser una sede adecuada para este proyecto.

Quizá, de paso sería bueno recordar que 1863, el año en que los franceses echaron a Courbet, Manet y Pissarro del salón, fue también el año en el que tomaron posesión de la capital mexicana, comenzando nuestro breve y fallido segundo imperio. Con Maximiliano nos llegó, por supuesto de lleno, la estética de salón académico, esa que tanto anhelan algunos nostálgicos. Es probable que si Juárez nunca hubiese restaurado la República, México seguiría siendo parte de Francia y todos estaríamos pintando, hoy, como Santiago Rebull, y el Franz Mayer sería nuestro museo de arte contemporáneo.

Ahora bien, en cuanto a la teoría de la conspiración colonialista VIP del mundo del arte contemporáneo, obviamente las estéticas locales figurativas que uno encuentra en cada esquina (¿podríamos llamarlas estéticas VIPS?) no son sino una derivación de esas escuelas europeas decimonónicas. Supongo que la única manera en que realmente nos podríamos jactar de ser autóctonos y nacionales sería si mantuviéramos la tradición de hacer cabezas olmecas. No soy partidario, particularmente, de hacer obra que dialogue con la de James Turrell (quien ya te parece anciano a los 70 años), pero también confieso que considero relevante que siga con vida y produciendo obra nueva. Por otro lado, Velázquez, con sus 415 años, es definitivamente más anciano, murió hace cuatro siglos, y encuentro la vesitmenta de su época un poco incómoda.

En México, el problema, y del cual todos somos responsables, es que el público involucrado de manera activa con el arte es más reducido, puedo apostar, que el de los aficionados al bádminton en la colonia Narvarte. El proceso de educar al público acerca del verdadero significado de conceptos como apropiación, arte procesual o arte de interacción social, tomará tantos años que cuando hayamos asimilado el siglo XX, será ya el siglo XXII, y el arte será otra cosa para entonces. Dudo mucho que ocurra en el transcurso de nuestras vidas, pero yo estoy determinado a morir intentándolo.

De momento quisiera invitarte cordialmente al siglo XXI, un siglo que a pesar de sus enormes tragedias, es a fin de cuentas el nuestro. Un siglo donde el arte es contradictorio y complejo, donde hay buenos y malos artistas, donde coexiste lo conceptual y lo figurativo, pero en un marco de consciencia crítica, de debate y en conexión con todo lo que acontece en el mundo actual. Un siglo donde hay que invertir tiempo y esfuerzo para escuchar la sutileza de los cientos de voces que están emergiendo por encima del ruido sensacionalista del mercado. Un siglo donde no todo es relevante o rescatable, pero que es, al menos, un lugar en el que estamos comprometidos a dialogar con el presente.

Saludos de,

Pablo Helguera

2 pensamientos en “Querida Avelina por Pablo Helguera

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